Nota para el viajero


en este blog intento reunir dos de mis más salvajes obsesiones: el arte y la literatura; está dedicado a todos los creadores que de alguna manera siempre me acompañan y han pasado a formar parte de mi manera de entender el mundo...

no soy un "conocedor" académico... así que no me exijan ni tesis doctorales ni razonamientos consecuentes...


lunes, 5 de diciembre de 2011

Juan Luis Panero, vientos de decadencia

JUAN LUIS PANERO


 

BREVE PRESENTACIÓN INTRASCENDENTE

Es imposible no asociar el nombre de Juan Luis Panero a la alargada sombra de la familia Panero, donde incluso el pequeño de los hermanos, Michi, que jamás ejerció el oficio de poeta (ni en realidad ningún otro oficio), malvivió con cínico heroismo los restos de una vida que podría considerarse literaria.

Los Panero fueron una famila extraña, de emociones incompletas; rellenaron los huecos con rencores y whisky mal digerido; víctimas de la decadencia de una nobleza que a decir verdad nunca tuvieron.

Juan Luis es el hijo mayor de Leopoldo Panero (poeta español del franquismo que renegó de la República cuando tuvo la ocasión de contemplar el cuerpo de su hermano muerto en la guerra civil). Es el más idependiente de los hermanos, pronto abandonó el hogar para deambular por diferentes países de Europa y América, dándose la oportunidad de conocer a grandes escritores como Octavio Paz, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo entre otros.

Su poesía tiene un tono evidentemente elegíaco, y aunque no es tan conocida como la de su hermano Leopoldo María posee un enfoque cínico y decadente que, al menos para mí, la hacen muy interesante.

Para leer con calma y un relajado whisky con hielo a la verita del corazón.

Al final del post dejo un enlace para descargar los textos montados en un PDF, que podrán sacar de parranda y exponer en las fiestas sociales.



A LA MAÑANA SIGUIENTE CESARE PAVESE NO PIDIÓ EL DESAYUNO

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.


LUIS CERNUDA

En Madrid, donde me dieron la noticia de tu muerte,
en Sevilla, años después, en una extraña primavera,
en Londres, repitiendo tantas veces
el sonido de tu voz, el roce de tu mano.
En New York, mirando caer la nieve
junto a aquel cuerpo que tanto quise,
y en México, bajo la lluvia, frente a la piedra rajada,
que nada guarda sino tu nombre y la ceniza de un recuerdo,
has estado conmigo, fantasma de un fantasma.
Y esta tarde de Roma ?en la casa en que muriera Keats?,
bajo la luz transparente de principios de otoño,
he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia,
la terca pasión de tu memoria,
algo remoto y familiar como tu fotografía.
Que esa presencia, esa memoria me acompañen
hasta el día en que sean reflejo fiel,
testimonio inútil de un sueño derrotado
y una mano cierre mis ojos para siempre.


EL ÚLTIMO BAILE
para Zelda Fitzgerald

No, no son llamas en el cristal, qué absurdo,
ni humo lo que entra por las rendijas de la puerta,
no, son las luces, las luces de las barcas y del puerto,
el humo de un cigarrillo, aquella noche
de principios de verano, en la Riviera.
Bailaba y bailaba para mí sola, para todos, para nadie, con
aquel oficial francés -recuerdo su blanco uniforme-
mientras Scott gritaba y maldecía, me insultaba,
mirando fijamente una botella. Pobre Scott, dónde estará ahora.
No, cierto que no son llamas abrasando estil puerta cerrada
y esos cristales rojos que saltan al vacío,
son las luces, los farolillos de aquella fiesta,
y las copas rompiéndose entre carcajadas
cuando la pequeña orquesta tocaba «Coge una estrella para mí».
Claro que no son llamas, son bengalas iluminando el cielo,
aquel jardín, el baile y luego nuestros cuerpos
desnudos en el mar, el roce del agua fría
y Scott nadando a mi lado, besándonos entre las olas.
Pobre Scott, dónde estará ahora. Tal vez haya muerto,
-mejor para él- así no podrá leer, mañana o pasado, en los periódicos,
los siniestros informes sobre un cadáver carbonizado.


UN ÉTRANGER

Produce cierta melancolía,
una tristeza decadente -literaria sin duda-
como algunas canciones de entreguerras
o páginas perdidas de Drieu La Rochelle,
ver a un hombre solo, apartado y distante,
en la barra de un bar con decorado internacional.
En esa imprecisa edad, tan imprecisa como la luz del ambiente,
en que ya no es joven ni viejo todavía
pero lleva en sus ojos marcada su derrota
cuando con estudiado gesto enciende un cigarrillo.
Las muchas canas y las muchas camas,
un indudable estómago que la camisa inglesa apenas disimula,
el temblor, no demasiado visible, de su mano en un vaso,
son parte del naufragio, resaca de la vida.
Un hombre que espera ¿quién sabe qué?
y aspirando el humo, mira con declarada indiferencia
las botellas enfrente, los rostros que un espejo refleja,
todo con la especial irrealidad de una fotografía.
y es aún, algo más triste, un hondo suspiro reprimido,
ver al fondo del vaso -caleidoscopio mágico-
que ese hombre eres tú irremediablemente.
No queda entonces sino una sonrisa: escéptica y lejana,
-aprendida muy pronto y útil años después-
de un largo trago acabar la bebida,
pagar la cuenta mientras pides un taxi
y decirte adiós con palabras banales.


PIERRE DRIEU LA ROCHELLE DIVAGA FRENTE A SU MUERTE

Al final pienso que tenía razón
-todo el absurdo tinglado del poder,
el cuchillo implacable de la inteligencia,
las sórdidas, políticas palabras,
los arañados proyectos imposibles-,
sí, tenía razón ese día. Me acuerdo bien
cuando pensé, echado junto a ella,
que lo único real era una buena puta,
una piel cálida, unos labios silenciosos, unas manos expertas,
en aquel burdel, cerca de Neuilly, al amanecer.
Por eso, porque creo que tenía razón, soy más culpable
-libros, declaraciones, ideas, lealtades,
el secreto de todo, el revés de la nada-,
cuánto tiempo perdido para llegar a esto,
para recordar, ya sin solución, sus largos muslos,
el sabor espeso de su boca, los rozados pezones.
Llegaba una luz gris sobre la cama,
sobre su culo memorable, inmóvil,
sí, tenía razón, aquella puta
cuyo nombre nunca supe o tal vez he olvidado,
el humo de un cigarrillo, eso es todo, yo tenía razón,
y si no la tenía, ¿qué importa ahora?


OCURRE A VECES, EN LAS CALLADAS HORAS DE LA NOCHE...

Ocurre a veces, en las calladas horas de la noche,
al filo mismo de la madrugada,
tras el telón caído de la euforia y del vino.

Unos ojos parpadean, se abren,
nos miran con su última transparencia
y un instante a nuestro lado
su doloroso transcurrir, su apretado paisaje de ternura
muestran, como un mendigo o un esclavo,
la humillada quietud de su tristeza.

Entonces, cuando no hay una sola palabra que decir,
con la avidez que lleva en sí lo fugitivo,
besar, unirse en la húmeda tibieza,
en empapada, áspero de arcilla de otra boca,
donde nada al fin y todo nos pertenece.

Después, igual que el viento
agitando fugaz unas cortinas
la claridad de la mañana nos muestra,
desvelar un instante en la memoria
aquello que una noche, una mirada,
la destruida posesión de unos labios, nos dio.

Lo que ahora ciego tropieza, resbala
por la gastada pared del corazón,
aferrándose terco hacia la muerte,
desplomándose sordo hacia el olvido.


VALS EN SOLITARIO

Extraño ser y extraño amor, tuyo y mío,
absurda historia, delirantes imágenes,
remotos pasajeros en un tren sin destino,
compañeros entonces, unidos y tan lejos,
al filo de la vida, donde duerme el silencio.

Suene por ti, interminable, un vals,
suenen por ti, incansables violines,
suene una orquesta en el salón enorme,
suenen tus huesos celebrando tu espíritu.

Una copa de tallado cristal, alzada al cielo,
brinde por tu azul adolescencia disecada
y madera y metal festejen tu retrato
de borrosa figura y suave pelo oscuro.
Suene, suene hasta el fin el largo trémolo,
la delicada melodía, vagarosas nubes de pasión
bañando de alegres lágrimas tus ojos imposibles,
dibujando en tus labios un deseo perdido,
entrega fugitiva, besando sólo el aire.

Vals en el tiempo y en la dicha sonámbula
de la eterna alegría y la más tersa piel
riendo bajo luces de radiantes reflejos,
inmóviles estrellas en la noche fingida.

Música y sueño, sueño technicolor,
tan cursi y tonto que llena de ternura
en algunos momentos del todo indeseables
cuando vivir resulta un sueño más grotesco.

Oh amor de Mayerling y antigua Viena,
dulce Danubio y fuegos de artificio.

Oh amor, amor al amor, que te conserva
como un oculto talismán y mariposas disecadas.

Extraño ser, extraño amor, extraña vida tuya.

Una gota de sangre en una gota de champagne,
el ruido de un disparo irrumpiendo en la música,
un helado sudor tras las blancas pecheras,
no podrán detenerte, hacer cambiar tu paso.

Tú seguirás, sobre ti misma, bailando siempre,
soñando siempre, soñando enloquecida,
aunque caigan, con estruendo de cascote y tierra,
los decorados techos, las gráciles arañas,
y rasguen lentamente tu rostros los espejos
y en un quejido mueran las cuerdas y sus notas.

Tú seguirás, eternamente sola y desolada,
girando entre las ruinas, evocando otras voces,
sonriendo a fantasmas con tímida esperanza,
en helados balcones abrazada a tus brazos.

Verás borrar la noche, su temblor inconstante
y otra luz, turbia luz, iluminar tu reino.

Su terquedad cruel descubrirá las ruinas
y la verdad del tiempo detrás de tus pupilas.

Pero tú seguirás sin detenerte nunca,
fantasma ya tú misma en el gris de la sombra,
altiva la cabeza sobre el cuello intocable,
girando para siempre, bailando para siempre,
frente a la sucia realidad de la muerte,
frente a la torpe mezquindad de los hechos.

Tú seguirás, extraño ser, extraño amor,
danzando sola, escuchando impasible
ese vals de derrota, extraña magia,
ese vals de derrota, tu más cierta victoria.


AUTOBIOGRAFÍA

Una casa vacía, otra derrumbada,
un niño muerto al que le cuentan cuentos,
despedidos fantasmas que se desvanecen,
ceniza y hueso, piedras derrotadas.
Cuartos alquilados, repetidos espacios fugaces,
las huellas de los cuerpos en las sábanas,
una pesada resaca sin destino,
voces que nadie escucha, imágenes de sueños.
Innecesarias páginas, gaviotas en la ventana,
mar o desierto, blancos despojos,
signos y rostros en la pared de la memoria.
Sucias pupilas de sol en México, tercos
los ojos redondos de la calavera
contemplan pasado, presente, futuro,
sombras tenaces, metáforas gastadas.
Miro sin ver lo que ya he visto,
humo disforme que se esfuma,
invisible mortaja bajo nubes fugaces.
Humo en la noche y la nada instantánea.


LUCRECIA PANERO RECUERDA SU JUVENTUD

Tía abuela, cuyo nombre familiar y extraño ha sido
desde la infancia que aún toco
hasta los pesados años que repites.
Desdorado estuco y mugre de cortinas,
olor que tiene el agua donde flores se pudren,
dan cobijo a tu espera mientras se oye tu voz.
«Éramos veinte y en esta casa todo era alegría.
Hoy, ves, estoy sola, estoy sola».
Mercenaria compañía en muchas horas,
tu conocido lamentar, paciente escucha.
«Dijo mi padre...Juan...Aquel verano...»
Surgen recuerdos de bailes, entre sueños
flotan manos amigas, rostros sonrientes
bajo la claridad tenue de los candelabros.
y como el filo de una espada en los dedos,
la certidumbre de lo que va a morir,
de lo que está ya muerto, firmemente nos une.
Pasado, casi un sueño, futuro, tan dormido,
el fulgor de una espada dando luz a la noche.


EL HOMBRE INVISIBLE

Se mira en el espejo que ya no le refleja,
todo, menos él, aparece en la fría superficie,
la habitación, muebles y cuadros, la variable luz del día.
Así aprende, con terror silencioso, a verse,
no en los gestos teatrales ?aún rasgos humanos? de la muerte,
sino en los días de después, en el vacío de la nada.
Inútil cerrar los ojos, estúpido romper el terco espejo,
buscar otro más fiel o más amable.
Es él sólo, el hombre invisible, el que desaparece,
es sólo él, una huella borrada,
que no contempla a nadie, porque es nadie,
la nada en el cristal indiferente de la vida.


RECUERDO EN FIN DE AÑO PARA JOAN VINYOLI

Querido Vinyoli, en esta tarde
de violenta tramontana, oscuro azul de mar,
miro las Islas Medas, remolinos de gaviotas,
alada espuma sobre la espuma blanca,
y me llega, imagen persistente, su recuerdo,
en el día final del año de su muerte.
Golpe y crujido de árboles y viento,
terca madera, ramas furiosas,
frío que corta tras el cristal cerrado
y la pesada sombra de la noche que viene.
De pronto, salvado, un último rayo de sol
ilumina, entre nubes, rocas salvajes,
levantadas olas, gaviotas en su vuelo,
luz venciendo a la noche
en un dorado fugitivo.
A sus palabras, a las que oí y a las que leo,
a su recuerdo, asocio esta imagen sin tiempo de la vida.


ESPEJO NEGRO

Dos cuerpos que se acercan y crecen
y penetran en la noche de su piel y su sexo,
dos oscuridades enlazadas
que inventan en la sombra su origen y sus dioses,
que dan nombre, rostro a la soledad,
desafían a la muerte porque se saben muertos,
derrotan a la vida porque son su presencia.
Frente a la vida sí, frente a la muerte,
dos cuerpos imponen realidad a los gestos,
brazos, muslos, húmeda tierra,
viento de llamas, estanque de cenizas.

Frente a la vida sí, frente a la muerte,
dos cuerpos han conjurado tercamente al tiempo,
construyen la eternidad que se les niega,
sueñan para siempre el sueño que les sueña.
Su noche se repite en un espejo negro.


NOCHE DE SAN JUAN

Anticuado, interrogo las estrellas,
su desnudo, inapelable misterio,
mientras miro las llamas en la playa,
en esta noche cuando empieza el verano.
Lector de Drieu o Pavese, sé también
lo sencillo que puede ser acabar con la historia,
no preguntar ya nada, olvidar para siempre
esta apariencia de tarjeta postal.
Frente a mí, imperturbables, desveladas,
pasan, en silencio, vida y muerte,
evitando, con un rictus cansado,
este fantasma insomne, este papel en blanco,
esta hoguera apagada que perdura.


MEMORIA DE LA CARNE

Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.


SÓLO SON TUYAS -DE VERDAD- LA MEMORIA Y LA MUERTE...

Sólo son tuyas -de verdad- la memoria y la muerte,
la memoria que borra y desfigura
y la sombra de la muerte que aguarda.
Sólo fantasmales recuerdos y la nada
se reparten tu herencia sin destino.
Después de sucios tratos y mentiras,
de gestos a destiempo y de palabras
-irreales palabras ilusorias-,
sólo un testamento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.


CONJUROS PARA LA NOCHE DE UNA VIRGEN

Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos,
que despliega en la sombra su tenaz poderío,
ese látigo que viene de la muerte hacia la muerte,
aventando cenizas a los aires más puros,
señalando fronteras en cinturas y pechos,
recorriendo la piel con ciego escalofrío.
Ese látigo, su furor incansable,
pongo hoy en tus manos y celebro sus llagas.
Fuente de esperma, cabellera al viento,
navegar de tu vientre en un mar imposible,
coronas de cansancio y manos que resbalan
y resbalan y caen y caen trepando el muro,
la imponente pared que, al fin,
mármol o sangre, resquebrajada se desploma.
Ah, ese látigo, camino de elefantes,
muñeca de trapo herida de alfileres,
cruz donde la piel termina y su bosque de pelo.
Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos,
dientes sin más oficio que morder en su dicha,
placer de ser un dedo, un cuchillo, la sombra.
«Hemos venido caminando, hemos buscado eternamente,
y hoy, por fin, llegamos a nosotros,
ponemos nuestra planta en tierra verdadera.»
La ceremonia, el rito con incienso de voces,
húmedos labios, palabras como espejos,
ha de tener su principio solemne:
dilatada pupila, ejercicio de furia y de sonámbulo,
estatuas que el cincel deseara.
Más tarde se extenderá el silencio,
un silencio de océano vacío,
una calma impasible de nieve
donde la sangre cantará su derrota.
Al terminar se oirán dos voces,
súbitamente naciendo de la nada
y un tropel de caballos en celo
moverá las cortinas y pisará los sueños.
La luz del día, 26 de agosto, pondrá su velo azul
sobre caricia y hueso, pezón alzado y extinta lengua.
Jornal de ausencia pagará estas horas,
olor de sucia oveja y plantas que se pudren.
«Sí hemos andado, hemos andado hasta llegar aquí
y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.»
Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas,
un látigo de fuego pregona su condena.


ALBERTO GIACOMETTI

Avanzan solos gris andrajo de nubes
gris pesadilla bronce herido llamaradas grises
terco pedernal de fantasmas
tierra terracota mineral
insomnes avanzan furor helado
bronce herrumbre ira petrificada
cuerpos sombras sombras cuerpos
ballet de muerte astillas de sueños
avanzan solitarios remotos
ciegos árboles andando atraviesan
puertas piedras palabras
plata roñosa paredes de espejos
lágrimas sin ojos avanzan
reclaman mendigan sueñan
otro infierno distinto
otro infierno
otro.


UN AÑO DESPUÉS DE YA NO VERTE

Olor de solitario y soledad, cama deshecha,
cegados ceniceros en esta tarde de domingo,
helado soplo de noviembre en el cristal
y un vaso medio lleno de cansancio.
Te escribo por hacer algo más inútil aún
que pensar en silencio o imaginar tu voz,
o escuchar una música herida de recuerdos,
o pedir al teléfono un absurdo milagro.
«Este es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.»
Este es el corrido pero nadie canta
y un muerto con mi nombre, vestido con mis trajes,
me saluda y observa por los cuartos vacíos,
me mira en la distancia como si fuera un niño
y acaricia en sus dedos un rastro de ternura.
Sobre su frente inmóvil va cayendo tu nombre
y humedece sus labios una lluvia perdida.
Olor de soledad y humo de aniversario
mientras busco, dolorosamente trato de recordar,
tus dos ojos insomnes con su vaho de mendigo,
devorando su luz, ahogando su locura.
Tus dos ojos como picos de presa que se clavan
y rasgan y desgarran la piel de nuestro amor.
Soplo de embriagado recuerdo, agria melancolía
rescoldo que tu lengua aún enciende
en estas horas de strip-tease solitario
en que celebro en tu derrota todas las derrotas.
Un año después y tu pelo, tu largo pelo
ardiendo desbocado entre mis manos,
clavado para siempre en esta almohada,
recorriendo esta casa, sus rincones y puertas,
como un viento insaciable que buscase su fin.
Un año después de ya no verte,
definitivamente talando en tu memoria,
qué real sigues siendo, qué difícil herirte.
La sosegada certidumbre de esta mesa en que escribo
puede tener la pasión estremecida de tu piel
y la ropa que el sillón desordena
puede ahora ocultar el temblor de tus pechos.
Sobre tu sexo abierto y tus muslos de arena,
sobre tus manos ciegas que persiguen la noche,
qué triste es el cuchillo, qué aciaga su hoja.
Un muerto con mi nombre y mis uñas mordidas,
un cadáver grotesco, me dicta estas palabras,
me señala en los cuadros, en la pared manchada,
el destino de hoy, de este día cualquiera,
al borde de mi vida, al borde del invierno,
al borde de otro año que empieza con tu ausencia,
al borde de mis ojos y tu voz que ahora escucho.
Un año después de ya no verte,
mientras te escribo, odiando hasta la tinta,
en esta tarde de noviembre, olor de solitario y soledad,
helado soplo en el cristal vacío. Un muerto.


ACERCA DEL INCESTO
Recordatorio de Georg Trakl

Buscó los labios de su hermana,
sus dientes, con irritante terquedad,
un ligero temblor, un breve escalofrío,
entrechocaban -quizá fuera la droga-
y su figura fue borrándose, disuelta
en la penumbra familiar del cuarto.
Años después,
golpeaban a lo lejos los cañones,
sobre sus sábanas de loco vio alzarse un cuerpo,
su húmedo olor, la longitud del tacto.
Buscó, sin dedos, la boca deseada,
la carne herida del amor y el delirio,
la claridad oscura de la cocaína,
sus ojos y aquellos ojos y algo más.
Besó sus labios en sus propios labios
y sintió arder la sal de su saliva.
Lejos, muy lejos, terriblemente lejos,
una mujer aullaba en el último espasmo.
Con asombro, la muerte dio constancia
de algo que jamás pudo imaginarse:
un estertor sin ruegos y sin llanto,
la agonía de un muerto, el terror de la vida.



EPITAFIO FRENTE A UN ESPEJO

Dura ha de ser la vida para ti,
que a una extraña honradez sacrificaste tus creencias,
para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo
y por ello, tu más aciaga tumba.
Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen
y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia,
cuando veas, igual que hoy, este fantasma
que tiempo atrás te consoló con su belleza.
Cuando el amor como un vestido ajado
no pueda proteger tu tristeza
y motivo de burla, de piedad o de asombro,
a los ojos más puros sólo sea.
Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo,
la juventud, todo aquello que fuiste,
y buscar sin pasión tu reposo
en la sorda ternura de lo débil,
en la gris destrucción que alguna vez amaste.
«Es la ley de la vida», dicen viejos estériles,
«y nada sino Dios puede cambiarlo», repiten,
a la luz de la noche, lentas sombras inútiles.
Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo,
que con una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo,
cuando la absurda farsa que tú tanto conoces
no esté más adornada con lo efímero y bello.
Dura ha de ser la vida hasta el instante
en que veles tu memoria en este espejo:
tus labios fríos no tendrán ya refugio
y en tus manos vacías abrazarás la muerte.



UN VIEJO EN VENECIA

En Venecia, viejo y envejecido, casi mudo,
rodeado de libros, de soledad, de gatos,
el poeta Ezra Pound,
habló, en un breve, muy breve encuentro con Grazia Livi.
Le comentó, sin autocompasión y sin desprecio,
secamente, con voz entrecortada:
«Al final pienso que no sé nada.
No tengo nada que decir, nada».
Si después de tan alto ejemplo, de tan clara sentencia,
aún sigo escribiendo, arañando palabras en el humo,
no es, que la muerte me libre,
por bastardo interés o absurda vanidad,
sino tan sólo por una simple razón,
porque no conozco otro medio, a excepción del suicidio,
-innecesario es un poema como un cadáver-
para dar testimonio de nada a nadie,
del mundo que contemplo, de esta vida,
de su horror gastado y cotidiano.
Que el viejo Pound, desde su tumba,
me perdone por unir su nombre
a estas sórdidas palabras desesperadas.


Y DE PRONTO ANOCHECE

Vivir es ver morir, envejecer es eso,
empalagoso, terco olor de muerte,
mientras repites, inútilmente, unas palabras,
cáscaras secas, cristal quebrado.
Ver morir a los otros, a aquellos,
pocos. que de verdad quisiste,
derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,
rostros y gestos, imágenes quemadas. arrugado papel.
Y verte morir a ti también,
removiendo frías cenizas, borrados perfiles,
disformes sueños, turbia memoria.
Vivir es ver morir y es frágil la materia
y todo se sabía y no había engaño,
pero carne y sangre, misterioso fluir,
quieren perseverar, afirmar lo imposible.
Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,
en la luz nublada del atardecer.
Vivir es ver morir, nada se aprende,
todo es un despiadado sentimiento,
años, palabras, pieles, desgarrada ternura,
calor helado de la muerte.
Vivir es ver morir, nada nos protege,
nada tuvo su ayer, nada su mañana,
y de pronto anochece.


CONSTANTINOPLA. AÑO 1453

Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos.

Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado.

El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil.

Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos.

Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin.

Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente.

En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado.


POEMAS DE 1966

Frágiles, persistentes, tercas, permanecen las palabras escritas,
quién lo hubiera pensado, con su apariencia momentánea y mínima,
su caprichoso existir tan lejos de la realidad
o de lo que entonces como realidad se imponía.
Libros, apuntes, aburridos exámenes de inglés,
facturas que pagar, incomprensibles voces al teléfono
y la lluvia detrás de las cortinas
en aquella solemne habitación alquilada.
Noches de soledad brumosa y otras de enloquecida euforia,
con jarras de cerveza, verdes botellas de ginebra
y los ojos oscuros, con una brasa al fondo,
de Pauletta Ioannides y el dios abandonando a Antonio.
Sombras esfumadas, borrados gestos,
Strangers in the Night, desafinada música nostálgica.
Éramos jóvenes y estábamos de paso en la ciudad enloquecida,
éramos jóvenes y meses después regresaríamos,
lejos de allí, la vida todavía esperaba.
Lo que ocurrió después es fácil de adivinar
y casi veinte años me separan de aquello,
sin embargo, algunas palabras, su amarga y tierna materia,
el cercado mundo que pretendieron retener,
la desolada afirmación de sus sílabas,
aún permanecen, apenas corrompidas por el papel impreso.
Ahora -parece tan raro-, de todo aquel pasado
sólo queda, casi tangible, el recuerdo
de una mesa, alta y estrecha, con cuadernos amontonados
pesados diccionarios y una silla de respaldo duro
en la que alguien, remotamente parecido a mí,
iluminaba con arañadas letras
la sombra detenida de un fantasma.
Y todavía esas mismas palabras,
tantos años después, me repiten
su desvelado y único secreto,
su valeroso testimonio inútil,
frágiles, persistentes, íntimas y tercas
me recuerdan la magia desesperada de la vida.


LA MEMORIA Y LA PIEDRA

La luz del sol sobre los muros,
la resaca, las voces que te cercan,
los árboles que al fondo se dibujan,
los recuerdos que secan más tu boca,
el implacable escenario de tu herencia.
Sin embargo has venido, has vuelto
a recobrar tu patrimonio abandonado,
el espectro que tú llamaste vida,
lo que fue, lo que los años han dejado.
Palabras tropezadas de pasión,
violenta lengua, piel derramada entre las manos,
lo que fue, carne entregada, saliva, sangre,
temblor, caliente olor, dos cuerpos enlazados
rodando para siempre hacia la nada.
Aquí, en esta pequeña calle, en ese apartamento
-cuyas paredes todavía se levantan detrás de la memoria-,
sentiste el terco aliento del deseo y del odio,
la ternura y la furia recorriendo tu piel y sus rincones,
inventando su camino de fuego entre los muslos,
y aquel pelo y los húmedos, ocultos labios,
y los dientes mordiendo y la mirada ciega.
Hoy has regresado -siempre regresas a esta ciudad
donde la piedra venció al tiempo hace siglos-
y esta mañana de agobiante verano,
mirando la nieve lejana en los volcanes,
has buscado, junto a un portal perdido,
tu devastado origen, el territorio de tus sueños.
Mientras enciendes -temblándote la mano– un cigarrillo
sabes que aquí tuviste todo y no tuviste nada,
sino este sol sobre los muros y los árboles.
Igual que ahora, cuando otra vez la luz te ciega
y el humo del cigarrillo rememora borrosas figuras,
vagos gestos con los que te consuelas,
cuando palabras, cuerpos, son ya sólo sombras
-sombras a plena luz, humo en los ojos-,
fantasmas que la resaca solivianta.


NO HAY PALABRAS

Tocas un cuerpo, sientes su repetido temblor
bajo tus dedos, el cálido transcurrir de la sangre.
Recorres la estremecida tibieza,
sus corporales sombras, su desvelado resplandor.
No hay palabras. Tocas un cuerpo; un mundo
llena ahora tus manos, empuja su destino.
A través de tu pecho el tiempo pasa,
golpea como un látigo junto a tus labios.
Las horas, un instante se detienen
y arrancas tu pequeña porción de eternidad.
Fueron antes los nombres y las fechas,
la historia clara, lúcida, de dos rostros distantes.
Después, lo que llamas amor, quizá se torne forzada promesa,
levantado muro pretendiendo encerrar,
aquello que únicamente en libertad puede ganarse.
No importa, ahora no importa.
Tocas un cuerpo, en él te hundes,
palpas la vida, real, común. No estás ya solo.


QUÉ BIEN LO HEMOS PASADO CARIÑO MÍO

Terribles son las palabras de los amantes,
aunque estén bañadas de falsa alegría,
cuando llega la desolada hora de la separación.
Fuera la lluvia galopa tercamente
y su eco retumba tras la ventana.
Los poderosos pájaros de la dicha
un breve instante anidaron en sus brazos
y dorados plumajes cubrieron los cabellos
que ahora sudor y hastío sólo guardan.
La estatua que quiso ser eterna
herida de reproches tiembla y cae.
Ya el combate de anhelo ha terminado
y húmedos restos las sábanas acogen.
Hombre y mujer en traje y documento
ceremoniosamente se despiden.
Sus manos por costumbre se enlazan
y banales sonrisas desfiguran sus labios.
Terribles son las palabras de los amantes
cuando llega la desolada hora de la separación.
Esqueletos de amor buscan nuevo refugio
y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.


USED WORDS

Con palabras usadas,
gastadas por el tiempo y la costumbre,
cuyo último temblor ya no se siente.
Con palabras, como sueños, quemadas por la vida,
esta noche de lluvia hablo contigo,
trato de hablar al menos, ligeramente ebrio,
construyendo cada sílaba en el país de nunca jamás,
y sintiendo esa repentina lucidez
con la que, de pronto, rompemos la rutina de ser y conocemos,
sintiendo, digo, esa rara sensación, distante y desangrada,
del whisky, de la noche y el silencio,
de la entusiasta desesperación con que aceptamos la derrota,
de ese vértigo, a veces, sólo a veces, tuyo y mío,
donde morimos sonriendo con los ojos abiertos.
Sintiendo lo poco que es un beso al fondo de tu lengua,
o tus ojos mirándose en los míos,
o nuestras manos unidas en el aire,
recorriendo un museo de aceptados fracasos.
Desfilan, batallón desolado de fantasmas,
nombres y nombres con distinto eco.
Pretendemos, con abolidos rostros, fechas caducadas, ciudades imposibles,
contestar una vieja pregunta
cuya respuesta sólo la muerte ya conoce.
Años y años, voluntarios exilios de seres y países,
los hijos que no quise tener, los que tú sí tuviste,
el temblor del deseo que aún guardas en tu piel,
mi repetido navegar de cama en cama,
se reúnen y afirman su destino
frente a la ceremonia del amanecer.
Y todo lo sabemos y está escrito en tus ojos,
sin embargo hoy, este día con sol, -tan raro en Bogotá-
de finales de julio, de algún año cualquiera,
te propongo mi amor, sé que tú aceptarás,
con palabras usadas, te propongo mentirnos.
Pasada ya la noche, quietos frente al espejo,
mientras yo me afeito y tú pintas tus labios,
te propongo mi amor, decir que nos queremos.
Decir -y son tan sólo ejemplos- «hoy existe la vida por nosotros»
o «tú no te morirás nunca»
o, tal vez, «aún hay noches y noches que esperan
nuestros brazos, ese especial calor de dormir abrazados».
Olvidando, tratando de olvidar nuestro pasado,
ignorando el futuro, sin duda inalcanzable,
con palabras gastadas, decir y repetir
-es otro ejemplo- «gracias mi amor por haber existido».
Al menos por un rato -a nadie molestamos-
con palabras usadas mentirnos y mentirnos,
mentirnos contra el tiempo, despreciar su victoria.

Envío:
Te dejo este poema
confuso, absurdo, largo,
para que tú lo tengas como un pañuelo viejo
a los pies de tu cama, para que tú la tengas,
y un día te lo encuentres, confuso, absurdo, largo,
un día como éste -cuando ya no estaremos-
y recuerdes, debajo de la ducha,
que alguna vez te quise -mentiras y mentiras-
que alguna vez te quise -era un día de julio-
con palabras usadas, como un disco rayado,
que recuerdes, mi amor, esta letra de tango.


LA MUERTE Y SUS DISFRACES

Un viejo en camiseta, sudoroso y solitario,
espera, como todos los atardeceres,
que la noche o la muerte lleguen,
mientras se abanica incansable frente al televisor.
En su tejado –el viejo lo ignora- una paloma,
aplastada por el calor, la enfermedad o la vejez,
resbala y tropieza, intentando inútilmente levantar el vuelo,
hasta derrumbarse, montón de plumas polvorientas,
entre las rojas tejas de latón.
Enfrente, bebiendo en la terraza, contemplo el espectáculo
de su común miseria, de su desolación,
pero ¿qué vio la paloma antes de caer?
y sobre todo, ¿qué es lo que ve el viejo
cuando a veces mira, disimuladamente, mi terraza?


EL POETA Y LA MUERTE

Si como afirma Borges todos los hombres
son el mismo hombre, aurora y agonía,
y poco importan sus nombres y sus rasgos,
yo quisiera —olvidando la anécdota banal de mi destino—
buscar en otro rostro a ese único hombre,
otra sombra, otro sueño mejor, igualmente perdido.

Un caballero dispone sus armas,
sus escuderos ajustan la armadura,
se coloca el yelmo, sujeta con firmeza el escudo,
la luz de la mañana es un reflejo metálico del sol,
el tiempo se ha detenido en las gualdrapas del caballo.
Todo esto ocurre en 1479 y aún sigue ocurriendo
frente a las almenas del castillo de Garci-Muñoz.

El caballero blande su espada
en defensa de su lealtad y de su reina,
aún no sabe que su destino termina allí,
en el campo de Calatrava, que no verá otro día.
Entre rasgar de flechas y cascos de caballos,
oliendo a tierra seca y sangre sucia,
quizá recuerde el nombre de Guiomar de Castañeda
y piense, con justicia o con odio, en su enemigo,
el marqués de Villena que le aguarda.
Estruendo de hierro, crujido de huesos, carne desgarrada,
las huestes innumerables, pendones y estandartes y banderas,
los castillos impugnables, los muros, baluartes y barreras.
Ha caído la noche sobre el campo arrasado,
la mano que sujetó una lanza, una pluma, un cuerpo de mujer,
está quieta, su mundo se ha borrado,
mientras se escuchan maldiciones y lamentos.
Ahora la muerte le atierra y le deshace.
Si todos los hombres somos el mismo,
elijo, pues es igual uno que otro,
aquel rostro en un campo de batalla,
la máscara del último rictus de su agonía,
el eco de sus palabras que aún se escucha,
un reflejo más digno de la tierra y la nada.


MIS DULCES ANIMALES

¿Qué puedo hacer? Si en esta hora
más triste de la tarde llegan y todas reunidas
corren y saltan a mi alrededor
y sus torpes hocicos restregándome
aturden mis oídos con banales quejas.
¿Qué puedo hacer? Yo que tanto las he amado,
que cambié sus repetidos y vulgares nombres
por otros ilustres entre la fauna y el corral.
Ahora que el caballo viene apresurando el trote
y me muestra su negociable virginidad perdida
y sonríe la rata en su agujero
masticando feliz sus convicciones,
ahora que el puercoespín canta el olvido
y la serpiente amarillenta exprime avariciosa su placer.
¿Qué puedo hacer? Si chillan la cigüeña y la gaviota
resbalando la esperma por sus muslos
y el astuto cerdito más que nunca gruñe fantasías e incumplidas promesas.
Tanto amor como puse, tanta desatada ternura
y cálida pupila sobre piernas o pechos
¿qué se hicieron?-, si sólo con protestas, improperios feroces,
traiciones tan baratas y usadas que nunca imaginara
pagan mis interminables, dolorosos desvelos.
Y vedlas avanzar, enlazadas sus pezuñas o rabos,
horda cruel sobre la hierba húmeda
y luego ya calmadas, contempladlas,
desafiantes labios, oscuras cavernas
donde caí mil veces y volveré a caer,
aunque el buitre, bendecido por sagrarios y misas,
escarbe mi carroña y se alimente de ella
recompensando así su vaginal y temblorosa paz.
¿Qué puedo hacer? Mientras altiva,
el largo cuello de poderío y perlas adornado,
la jirafa me mira y desaprueba con elegante gesto mi conducta,
lo mismo que la lechuza dogmática y prochina.
¿Qué puedo hacer? Si todo este aquelarre, ansioso de venganza o justicia,
irrumpe en el ocio merecido de un domingo,
y nada quiero reprocharles, aunque algo podría.
¡Oh mis dulces animales!, si os he amado tanto
que ahora cuando os veo, en galope polvoriento y frenético partir,
os daría hasta aquello que no os pertenece,
lo poco que bajo astillada memoria
y estremecidos signos de placer, os he ocultado.
Sí, os entregaría mi corazón más puro,
aun sabiendo que no es buen alimento para vosotros
y que poco provecho sacaríais de él.
¡Oh mis dulces animales picoteantes sin descanso,
como el tordo o el grajo, en la parra más dulce!
¡Oh siempre interesadas bestias bellas,
en la fruta que alegra el árbol en verano!


LO QUE QUEDA DESPUÉS DE LOS VIOLINES

Cuando te olvides de mi nombre,
cuando mi cuerpo sea sólo una sombra
borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto.
Cuando ya no te llegue el eco de mi voz
ni el resonar cordial de mis palabras,
entonces, te pido que recuerdes que una tarde,
unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir.
Era un domingo en Hampstead, con la frágil primavera
de abril posada sobre los brotes de los castaños.
Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas
irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano.
Arriba, tras los setos, en la verde penumbra
del parque dos hombres lentamente se besaban.
Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos a hablar
tropezando de risa en las palabras, titubeantes
en el extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía.
Después te hiciste pequeña entre mis brazos
y la hierba acogió tu oscura cabellera.
A veces las cosas son simples y sencillas
como mirar el mar una tarde en la infancia.
Luego la escalera gris, larga y estrecha,
la alfombra con ceniza y con grasa,
tus pequeños pechos desolados en mi boca.
Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir,
quiero que lo recuerdes, que no olvides
el pasar de aquellas horas, su esperanzado resplandor.
Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria
esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora,
mientras escribo estas palabras para todos aquellos
que un momento, sin promesas ni dádivas, limpiamente se entregan.
Desconociendo razas o razones se funden
en un único cuerpo más dichoso
y luego, calmado ya el instinto
y rezumante de estrenada ternura el corazón,
se separan y cumplen su destino,
sabiendo que quizá sólo por eso
su existir no fue en vano.


HUMO AL ATARDECER

Después de haber olido el perfume dulzón de la muerte,
después de tantos cuerpos y pasiones y sueños,
miro ahora, sobre la mesa, una copa vacía,
unos libros, papeles en desorden, viejas fotografías,
la luz del atardecer, apagándose en la ventana.
Como en un bodegón de Zurbarán
—la naturaleza muerta, la naturaleza eterna—,
me dejo vivir ya sin preguntas,
mientras el humo del cigarrillo dibuja
todos mis rostros: el que fui, el que soy,
el que seré, en el frágil y caprichoso tiempo.


BAJO UN ÁRBOL DE LUZ

Recuerdo aquella fonda, en la ciudad de México,
con un jardín escaso y un árbol florecido.
Allí, entrecortadas, las palabras de Rulfo
desplegaban historias de cristeros y pólvora,
caballos desbocados de sueño y de sangre.
«No me llames de usted, son pláticas
de amigos y ya nos conocemos.»
Pasa la tarde y el viento nos despeina
pero Rulfo habla y habla —aquel extraño mudo—:
«Y entonces lo mataron y no se oyó ni un grito,
allá quedó arrumbado y nadie dijo nada».
Las primeras estrellas iluminan el árbol,
la voz se fue apagando, quedó un gesto en el aire
y el silencio después, un silencio solemne.
A la muerte que asume tanto inútil pasado
hoy quiero enfrentarle un redimido instante:
aquella voz oscura bajo un árbol de luz.


EL CUCHILLO

Este cuchillo no está en un cajón,
sino delante de una fotografía.
Luis Melián Lafinur no se lo regaló a mi padre,
fui yo quien lo compró en la calle Florida.
Con él, en el bolsillo, pasé por delante de su casa,
—usted ya había muerto—
pero mi mano y el metal lo recordaron.
No estuvo —pudo estar— en la calle Posadas,
entre los libros y los sueños de Adolfo Bioy Casares.
Ahora dormita aquí, delante de esa fotografía
que nos recuerda, juntos en Quito,
el día antes de que al despedirnos
me dijese: «Venga a verme en Buenos Aires».
Nunca lo volví a ver, llegué tarde a su cita,
pero ahora —qué extraño, Borges—
mientras miro la hoja, su afilado destino,
el metal en la noche refleja un vago rostro.
¿Quién puede adivinar si es el suyo o el mío?


PALABRAS Y COLORES

Extraño que este homenaje a su memoria
coincida con una exposición de Morandi
y hoy, en el mismo periódico, sus nombres me recuerden,
en tiempos de multitud, pasión tan solitaria.
Tanta vida en trazos tan precisos,
el sonido de una vieja palabra, el color de una botella,
limpios, como naciendo aún.
Palabras y colores, terca presencia efímera,
engañosa derrota de la muerte y sus ritos.


EL FINAL DE LA ESCALERA

La extraña sensación de haber muerto
en Viena, una tarde de otoño de 1992,
en una casa cuya escalera nunca subí.
De ser desde entonces un intruso, un farsante,
el actor sin futuro de una mala comedia.
De que el destino, implacable y rastrero
se ha vengado en la larga noche de un hospital,
en las horas vacías que trato de llenar.
Inventar, no heterónimos como hizo Pessoa,
sino algo más simple, al hombre que ahora escribe,
la mediocre constancia de sus hechos,
mientras, insistente, me tienta la idea de volver,
de subir de una vez los escalones, de llamar a una puerta.
Pero ¿quién sabe si todavía una historia peor,
un horror más nítido me espera allí,
al final de la escalera, frente a la imaginada puerta?


EN UN HOTEL DE ROMA. AGOSTO DE 1983
para Carlos Barral

Aquel hotel —donde vivimos y bebimos— ardió hace años
y en otra geografía tu cuerpo es ya cenizas perdidas
en el mar,
pero, a veces, regresa la memoria de aquel tiempo.
La gorra que compramos, unas fotografías
de un periódico, que apenas nos recuerdan,
son símbolos modestos de esas horas.
Algo como una botella vacía y unos vasos
en una terraza o el eco de tu voz
—leyendo en italiano— bajo los árboles,
en la noche calurosa de Villa Borghese.
Hoy, cuando otro agosto repite sus imágenes,
una copa de vino y aquella vieja gorra dibujan tu presencia,
la terquedad suicida de tu sueño
de vivir y morir a la sombra de un mito.
Quieto y eterno, con la barba en la mano,
fantasma legendario en un hotel en llamas.


PALABRAS Y PRESAGIOS

Volver a unos versos de Cavafis, de Eliot,
como quien regresa a una casa que hace años fue nuestra.
Repetir las sílabas, iluminar los símbolos
como cerradas habitaciones, ventanas polvorientas
que ocultan un jardín perdido, árboles de la muerte.
Melancolía del regreso y miedo del vacío,
crujidos de madera, aletazos de sombras
y, de pronto, en un cuarto, perdida
como una vieja copa o un espejo empañado,
encontrar la clave de tu vida.
Palabras que te avisaron: «Un monótono día
sigue a otro igualmente monótono»,
o te advirtieron: «Nacer, copular, morir.
Eso es todo, eso es todo, eso es todo, eso es todo».
Palabras que la vejez y la noche me regalan,
presagios que no entendí, anunciadas derrotas.


NORMA PARA LO EFÍMERO

El tiempo que ignoró mi nacimiento
y borrará las huellas de mi muerte,
ese fantasma de nombres y de fechas
con el que he construido mi poesía,
me trae —como un absurdo regalo navideño—
la sombra terca de Pedro Gómez Valderrama.
La inesperada noticia de su muerte,
en primavera, la luz del sol en el periódico,
llegan a esta fría soledad de enero,
del año que comienza y que le olvida.
Fueron muchas las tardes y las noches
—Bogotá o Madrid, lluvia de Quito—
y largo sería hablar de tantas horas,
del vodka transparente en el cristal.
Pero agradezco a los muertos su costumbre
de visitarme a veces, recordándome
que nombres y fechas, calendario ceniciento,
son también una imagen de la vida.
Igual que nuestro último encuentro de Madrid
[—en una mano tu bastón, la copa en otra—
en la embajada de Colombia, brindando
por un nombre, por un cuerpo que quise,
mientras volvían, resplandor derrotado,
los ojos húmedos de Adriana Uribe Holguín.


ENIGMAS Y DESPEDIDAS
para Carmen Iglesias

'El maullido de un gato en la noche antes de morir,
el maullido de un gato, su histérico adiós.
¿Qué secreto, qué extraño y banal misterio
la vida nos oculta en ese grito atroz?
¿Cómo mirar después su lugar en la sombra,
las uñas de la muerte, la piel de la impotencia?
Tantos años compartiendo el destino
que es ahora una cesta vacía,
derrotados zarpazos unos ojos borrados,
el absurdo de todo, enigmas y despedidas.


DIALOGAR CON LA MUERTE

En medio de un sueño entrecortado,
sudor y calmantes, las destempladas horas de un hospital,
escucho una voz que anuncia:
El poeta cubano Gastón Baquero ha muerto.
Y sigue el sueño inquieto, luces y sombras,
«Por todas partes llegan noticias de la muerte».
Al día siguiente en el periódico las frases rituales,
tristes tópicos para llenar el vacío.
Sin embargo, en la cama, mirando el blanco techo,
sin más oficio que dialogar con la muerte,
no son llantos ni pésames los que me llegan
sino tus carcajadas, las risas de otro tiempo.
No hay lugar para el dolor, ni siquiera sorpresa,
sólo el mundo de magia donde siempre habitaste
y que nos regalabas, generoso con todos.
«El alambrista recorre de lado a lado lo más alto del circo
y aplaude la multitud»,
y también yo te aplaudo y la bella Nefertiti
y el mendigo en la noche vienesa
[y los gitanos y el viento de Trieste
(que repetía extrañas canciones al amanecer)
y Marcel Proust y Manuela Sáenz,
todos aplaudimos tu respirada alegría,
la deslumbrante soledad que te acompañaba:
«Parece que estoy solo,
pero llevo en derredor un mundo de fantasmas».
Ahora ya has encontrado, por fin, a tus fantasmas
y «el frío de la tumba recién cavada»,
y tantas otras cosas que nos seguirás contando
cada vez que alguien abra tus páginas
como hago yo esta tarde y tenga entre sus manos
rosas y cenizas, artificio y pasión,
en la cárcel del tiempo las palabras de un mago.


EL SUEÑO DE LA BATALLA

Eric Perrin, en su reciente biografía del mariscal Ney, repite una información que yo conocía a través de diversas fuentes: en 1809, el mariscal Michel Ney está en Astorga, con un ejército francés compuesto por once mil hombres.

No lejos de allí, a unos doscientos kilómetros, cerca de Ciudad Rodrigo, Wellington —cuya espalda protege Portugal y la flota inglesa que navega el Atlántico— espera una batalla.

La Historia también nos informa de que, poco tiempo antes, el emperador Napoleón ha pasado por Madrid y ha llegado hasta Valladolid. La leyenda quiere que se acerque hasta Astorga para encontrarse con Ney.

Una noche —la fecha exacta no importa demasiado— los tres hombres están durmiendo. Napoleón en Valladolid, Ney en Astorga y Wellington en Ciudad Rodrigo. Sueñan —como todos los guerreros— una batalla. Sudor y polvo, estruendo y sangre, olor a pólvora y a mierda de caballo.

La batalla dura tanto como su sueño. Los tres creen que han ganado, pero no están seguros. Se levantan y se afeitan, entre rumores de tropa, gritos y juramentos. El aire frío y seco del amanecer les hace olvidar aquel sueño de ignoradas victorias o derrotas.

La vida —por una vez— es generosa, no les condena al deshonor de la victoria ni a la humillación de la derrota. Tampoco les adelanta el final de sus sueños. El Emperador de la nada entre las desterradas rocas de Santa Elena. Michel Ney, príncipe de Moskova, fusilado como un perro en un callejón de París. La muchedumbre apedreando en Londres la honorable mansión del duque de Wellington.

El sueño ha terminado. Mientras desayunan, sus ayudantes de campo estudian los mapas. Mapas de España, de Portugal, de Europa, minuciosos mapas donde puede leerse el nombre de un lugar sin ningún interés: Waterloo.


EL SOL DE QUERÉTARO

El 27 de junio de 1914, el archiduque Maximiliano, ex emperador de México y futuro emperador de Austria, viaja hacia Sarajevo. Se siente feliz, pese a tener que aguantar la errática conducta de su esposa, la archiduquesa Carlota, que, desde el desastre de México, no ha vuelto a ser la misma.

La verdad es que Carlota le aburre y le irrita, pero razones dinásticas le impiden separarse de ella y, por otra parte, le estará siempre agradecido por su lealtad en los terribles momentos que vivieron hace años.

Ahora recuerda —recuerda muy bien— aquella larga noche de Querétaro, cuando sabía que la condena a muerte —las balas del pelotón de ejecución— era su único destino. Que sólo le quedaba otro amanecer, el final de sus sueños, bajo el sol rojo de Querétaro fijo en el cielo azul.

¿Cómo pudo aquella mujer —la princesa de Salm-Salm—, aquella aventurera intrigante, salvarle en el último momento, sobornar a la guardia, organizar la huida hacia la costa? Y luego, el mísero carguero, el sucio camarote, la grasienta comida, ratas y agua salada. Vivir hasta el fondo la desesperante derrota.

Peor todavía fue la llegada a Europa. El desprecio de su hermano Francisco José, los comentarios irónicos de la corte, en fin, su voluntario exilio en Trieste, escribiendo poemas sobre los añorados jardines de Cuernavaca.

Sin embargo, el destino es sorprendente. La extraña muerte de su sobrino Rodolfo, en Mayerling, le había dado una nueva oportunidad. Le gustase o no a su hermano mayor, él sería emperador de Austria. Se sentía viejo, pero su ambición a punto de cumplirse le hacía olvidar los años y su pasado.

El 28 de junio de 1914, los archiduques recorren en coche las calles de Sarajevo. Como en México, la multitud aplaude a su paso. No cabe duda, el pueblo le quiere.

Cuando sonaron los disparos apenas se dio cuenta de nada. Vio doblarse a Carlota, escuchó algunos gritos. Después, la mancha roja que se extendía por su guerrera. Se le nublaron los ojos. Qué absurdo, qué absurdo todo. ¿Por qué volvía aquella visión? El sol rojo de Querétaro y el azul del cielo.


UNAS PALABRAS PARA JOSEPH ROTH
para Johanna Pühringer

Le agradezco, Herr Roth, este viaje,
sin usted no habría sido posible
o tal vez algo inútil, postales de colores.
Juntos, vimos la primera luz sobre el Danubio,
el amanecer en los muros de Melk.
Después, en Viena, qué necesaria su presencia,
su guía cuidadosa: museos y palacios,
luz de los lienzos y encapotados muros,
tabernas y cafés, la tarta suntuosa
y el alcohol que redime.
Tantas sombras de sombras, años y desengaños
repetidos como una terca melodía
de apresuradas polkas, valses delirantes.
«Sobre las copas que alegres apurábamos
la invisible muerte cruzaba ya sus manos.»
Sí, querido Herr Roth, un hermoso recuerdo,
una pequeña resurrección amable
que ambos, inesperadamente, compartimos.
Luego, usted volvió a suicidarse,
borracho como de costumbre
—ya conoce el truco, el lugar y la fecha—.
Pero eso poco importa, sólo quiero decirle,
otra vez, muchas gracias por todo;
por haber iluminado el otoño de Viena,
por el cuadro de Vermeer que tanto disfrutamos,
por los vasos rozados y el helado cristal,
por la extraña canción que esos días repiten:
«¿Quién es el que habla ahora,
qué tiempo compartimos,
dónde empiezan las sombras,
dónde la luz del día,
o es todo un sueño eterno,
un reflejo en la nada,
donde muertos y vivos
sólo somos un rostro,
unos ojos abiertos
contemplando el abismo?».


ENCORE UN INSTANT DE BONHEUR

Todavía un momento de felicidad o algo remoto y parecido,
una pasión olvidada, frente a esta cabeza de mujer,
esta piedra, mágica de pronto, inesperada aparición
de un rostro que a nadie mira y a todos nos contempla.
Dura materia inmóvil, frágiles manos de un hombre
creando esta forma en que la realidad se sueña,
y que ves por primera y, quizás, última vez,
en la exposición Henry Moore intime.
Piedra eterna y poderosa, desvelada presencia
que, minutos después, ya en la calle, es sólo una imagen,
pero permanece, implacable y terca te sigue
y te deslumbra, reflejo de la vida, de este sol de mayo
que atraviesa los árboles, un mediodía en la Avenue Matignon.


VENECIA, 1959
para Pere Gimferrer

Queda una terca decisión
—ya aplazada para siempre—
y el reflejo del agua en los canales,
una noche luminosa de abril.
El exaltado adolescente se repite:
«Volveré a Venecia, con una mujer,
para ser feliz, verdaderamente feliz».
Típicos y tópicos, los deseos y los sueños;
no menos absurda la realidad que aguardaba.
Nunca he vuelto, no volveré jamás,
pero, a veces, muy de tarde en tarde, una fotografía,
un guiño irónico de la memoria, me devuelven
las estrellas perdidas de aquel cielo,
el golpe del remo en el agua nocturna.


TAL COMO ÉRAMOS

Ingrata la vejez, aburridos sus símbolos
—sin valor literario— demasiado previstos.
Sólo queda —cada día más rara— la sorpresa
de un inesperado momento redivivo,
como hace un rato, mirando la televisión.
Una desgastada película de otro tiempo
—horrendo doblaje, relamidos colores—,
la penetrante estupidez de los anuncios.
Sin embargo, él y ella —años después de separarse—
se encuentran en la puerta de un hotel,
en Nueva York, se reconocen, dicen alguna frase vulgar
y se separan, esta vez para siempre.
Repetida la escena, banal la historia,
pero, quizá, toda mi vida puede resumirse en esa imagen.
Melancolía de los sueños perdidos
—entre marcas de automóviles y detergentes—
en el cristal infinito de un insomne televisor nocturno.


IBIZA, 1967

No queda nada de aquellos días,
ni siquiera una fotografía
perdida en cualquier álbum,
el banal testimonio de unos rostros que fueron.
Desaparecidos personajes de una obra,
efímeros actores en la escena del tiempo,
los muertos y los vivos nos mezclamos
detrás del polvoriento telón de la memoria.
Sólo queda una imagen fija:
la luna roja sobre Tagomago,
carcajadas y espumas, olas y palabras,
instantánea borrosa de la vida.


UNA VISIÓN

La blanca piel de tu culo inmóvil
sobre las blancas sábanas arrugadas
y el repetido y gris amanecer
en el cuarto de un Hotel de París.
Viejos muebles Imperio, borrosos grabados,
La heroica retórica de Géricault o de David.
«Es la hora de los coraceros»,
gritaba el Emperador, tal vez en Borodino.
Desgastados fantasmas, leyendas irreales.
Sin embargo, esta noche, tantos años después,
otra vez en París —ruinas del tiempo y agotadas copas—
la memoria generosa me regala,
entre sueños, una intensa visión:
la blanca piel de tu culo inmóvil
sobre las blancas sábanas arrugadas.


LA GALERÍA VERDE
a Carlos Marzal,
agradeciéndole unos versos

Pasto de soledad y tristes ruinas
y de alguna película, de dudoso valor,
los muros del viejo caserón aún se levantan
en la derrotada ficción de la memoria.
Sobre todo, la llamada galería verde,
con olvidadas revistas y borrosos retratos familiares,
los cristales nublados del atardecer
y la extraña humedad de un tiempo muerto.
Así, aquellos rostros habían permanecido
en jirones de sueños o abruptas pesadillas
hasta que hoy, las palabras de un poeta al que admiro
iluminaron, por fin, tanta terca visión.
«El destino tal vez consiste en eso:
ser una sombra más de un retrato en grupo
en el que nadie sepa recordar nuestro nombre.»


EL SOL DEL OTOÑO
a Francisco Brines

El sol del otoño ilumina la plaza,
dora los intensos amarillos de la Maestranza,
que ahora cerrada y muda
ya es símbolo de otro tiempo,
una imagen turística que comento con alguien.
Arte misterioso y extraño, aquí
no puedes —como en un museo— recuperar los cuadros,
sólo silencio y sombras, sedas y sangre,
fantasmales capotes, arrancados carteles.
No queda nada y queda todo:
verónicas, naturales, el brillo de la espada,
que la memoria repite y traiciona
en el borroso albero de los sueños.
Allí donde, lentamente, te despide
la luz definitiva del otoño.


TO RETURN AGAIN

Ella pasaba —ceremoniosamente— las páginas de un
periódico
—un periódico en español, comprado en Victoria
Station—.
Él miraba por la ventanilla las últimas barriadas,
la ciudad borrándose detrás, la precaria luz de otoño.
Ella leía —minuciosamente— la página de esquelas,
él miraba ahora el campo: caballos y borregos,
el viento en las ramas, paisajes de Constable.
Ella comentaba anécdotas de prensa, los sucesos del día,
él recordaba a un niño atónito, en silencio,
—hacía siglos— en una casa de Eaton Square.
En otro tiempo, con otra mujer,
el paso del Támesis desde la orilla gris.
Pasaban las páginas del periódico
y pasaban cuerpos y camas,
una mujer desnuda que reía
con aliento de vodka y de tabaco.
El tren llegaba a su destino y ella acabó la lectura.
Debajo del asiento de aquel tren
—entre Londres y Dover— quedaron abandonados
un manoseado periódico en desorden
y cincuenta años de la vida de un hombre.



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