Nota para el viajero


en este blog intento reunir dos de mis más salvajes obsesiones: el arte y la literatura; está dedicado a todos los creadores que de alguna manera siempre me acompañan y han pasado a formar parte de mi manera de entender el mundo...

no soy un "conocedor" académico... así que no me exijan ni tesis doctorales ni razonamientos consecuentes...


lunes, 13 de junio de 2011

Monsu Desiderio - Recuerdos del fin del mundo

MONSU DESIDERIO
1593-1620

Monsu Desiderio es un misterio.

Olvidado durante siglos su obra ha recobrado interés en las últimas decadas. Cuando los críticos comienzan a estudiar su obra, descubren asombrados que no había datos del autor: biográficos ninguno, y bibliográficos casi tampoco.

Junto a la falta de referencias personales, resulta desconcertante la enorme dicotomía de su pintura. Firmados por Monsu Desiderio aparecen cuadros de inspiración contradictoria: unos son de un esmerado realismo; en otros, emerge lo fantasmal y lo onírico; la desmesura, la violencia y el drama. ¿Cómo explicar dos vertientes creativas tan distanciadas? Algunos estudiosos apuntan la posibilidad de que las obras, aun con una misma firma, se deban a más de una mano. ¿Quizás un taller? Esta fue la tesis de trabajo.

A Felix Sluys se debe un paso de vital importancia para desvelar tantas incógnitas. Felix Sluys, en una visita al museo de Nápoles encuentra en la parte posterior de "Vista de Nápoles" (cuadro atribuido a Monsu Desiderio) la inscripción "Desiderius Barra, ex civitate metensi in Lotharingia. F. 1647". En los archivos de Metz, se localiza a una familia Barra que vivió en aquel tiempo y que tuvo un hijo llamado Didier (Desiderio es la traducción latina de Didier) Didier Barra, que abandonó su ciudad rumbo a Italia a la edad de dieciocho años. Al parecer se instaló en Nápoles hacia 1609, y recibe el nombre de Monsu Desiderio.

M. Raffaelo Causa, conservador del Museo de Nápoles, realizó las revelaciones definitivas sobre el tema. En 1956 presenta un artículo en el cual queda demostrado de manera irrefutable que diversas telas atribuidas a Monsu Desiderio están firmadas por François Nomé.

François Nomé, al parecer por voluntad familiar y en busca de mejores perspectivas de vida, abandona Lorena siendo un niño. Llega a Roma con ocho años. Como aprendiz en el taller de un llamado, Saltazar Lauwers, se inicia en los secretos de los pinceles y los grabados. El joven François Nomé crece en un ambiente pictórico en el que coexisten europeos, manieristas, toscanos y venecianos. Hace amistad con Agostino Tassi y Antonio Tempestà, y se cruza con Lorrain (François Claude Gelée / 1600-1682) que acude a Florencia invitado por los Médicis. En 1609 François Nomé abandona Roma con destino a Nápoles. En esta ciudad se encuentra con su compatriota, Desiderio Barra, y deciden trabajar juntos.

En su taller napolitano ambos conjugan durante un largo período dos personalidades opuestas. Así pues, Monsu Desiderio se ha desdoblado, son dos artistas, dos manos distintas, que pintan un mismo cuadro.

Didier Barra sigue siempre fiel a su mundo de arquitecturas concretas. François Nomé no sólo persiste en sus arquitecturas irreales sino que cada vez pone más de manifiesto sus extrañas obsesiones. Didier Barra en vida fue más vendible y apreciado, pero François Nomé, por su atractiva singularidad, ha trascendido a los siglos. Curiosamente, al trabajar en el mismo sitio y pintar obras juntos, François Nome pasa a la posteridad con la firma de un taller que tiene el nombre de otro.

En Nápoles, su delirante mente integra todas estas experiencias en un éxtasis visionario y construye su propio teatro. Un teatro imaginario y asombroso en el que las arquitecturas están inventadas y los actores son palacios, columnas y estatuas, tormentas, volcanes y terremotos... La violencia de las fuerzas sobrenaturales que asaltan al hombre por sorpresa mostrando toda su grandeza. A la ensoñación de "La Torre de Babel" François Nomé añade la inestabilidad de la materia y lo corpóreo: templos y palacios constantemente se derrumban arrastrando en su caída a las esculturas. Y un turbio mar se muestra amenazante. Y el cielo es azufre y fuego entre nubes que presagian una tragedia que es inevitable. Una nave de altas columnas e inquietantes esculturas se baña en dorados. Al fondo, en el ábside, la cruz emerge difusa a través de una luz pálida. En el techo, una incierta penumbra parece querer advertirnos de algo. La catedral, segura y esbelta, levanta su arquitectura hacia el firmamento y, en el interior, la liturgia de siglos convierte a los santos en inmortales. Todo en su sitio, perfecto; todo, como siempre, inmóvil y perenne. Solo silencio, roto por algún sonido solitario... mas, súbitamente, la realidad se fragmenta y el sólido templo se derrumba: polvo y fuego mientras caen las columnas entre el atronador lamento de las piedras, y las estatuas, de repente vivas, giran sus vacíos ojos mirando al cielo. Y todo es huida y desconcierto, pánico ante la desconocida violencia desatada en un momento. La destrucción es el nuevo héroe que se dirige a nosotros, insignificantes hombres, para hablarnos de lo eterno.

François Nomé se convierte en Monsu Desiderio, y él, que sin duda en la infancia asistió a luchas fratricidas de religión en que pueblos ardían y se quemaba a gente en las hogueras, en Italia sufre la opresión de la Curia Romana. Místicamente piensa en santos y mártires (sangre, fuego y sufrimiento) y quiere hablarnos de que todo es perecedero. Atenazado por contradicciones insalvables se rebela con un arte que es considerado erróneo y, aterrado, proyecta su miedo a los pinceles. Sus cuadros son la concreción de fantasías desgarradoras. Lo religioso se funde con supersticiones populares y paganas. La idea de muerte le cautiva y la destrucción, el caos y lo apocalíptico le apasiona. Monsu Desiderio deforma la realidad y nos presenta un futuro dramático y desolado a través del cual nos quiere advertir de la presencia de lo eterno.






































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