Nota para el viajero


en este blog intento reunir dos de mis más salvajes obsesiones: el arte y la literatura; está dedicado a todos los creadores que de alguna manera siempre me acompañan y han pasado a formar parte de mi manera de entender el mundo...

no soy un "conocedor" académico... así que no me exijan ni tesis doctorales ni razonamientos consecuentes...


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martes, 10 de enero de 2012

Samuel Beckett: Compañía (novela breve)

SAMUEL BECKETT
COMPAÑÍA



Una voz alcanza a alguien en la obscuridad. Imaginar.

Una voz alcanza a alguien de espaldas en la obscuridad. La espalda para no nombrarlo sino a él el ya mencionado y la manera en que cambia la obscuridad cuando él abre los ojos y también cuando los cierra. Sólo puede verificarse una mínima parte de lo que se dice. Como por ejemplo cuando él escucha, Tú estás de espaldas en la obscuridad. En éste caso él no puede sino admitir lo que se dice. Pero de lejos la mayor parte de lo que se dice no puede verificarse. Como por ejemplo cuando escucha, Tú naciste tal y tal día. A veces sucede que las dos se combinan como por ejemplo, Tú naciste tal y tal día y ahora estás de espaldas en la obscuridad. Truco que tal vez intenta hacer repercutir sobre la irrefutabilidad de la otra. Esa es entonces la proposición. A alguien de espaldas en la obscuridad una voz desmenuza un pasado. Cuestión también por momentos de un presente y rara vez de un futuro. Como por ejemplo, Tú acabarás tal como eres. En otra obscuridad o en la misma otra. Imaginando todo para acompañarse. Silencio de inmediato.

El empleo de la segunda persona es obra de la voz. El de la tercera la del otro. Si él pudiera hablar a quien y de quien habla la voz habría una tercera. Pero él no puede. Él no lo hará. Tú no puedes. Tú no lo harás.

Aparte de la voz y del débil rumor de su respiración ningún ruido. Por lo menos que él pueda escuchar. El débil rumor de su respiración se lo dice.

Aunque ahora menos que nunca interesado en las preguntas él no puede a veces sino preguntarse si es a él y de él que habla la voz. ¿No habría sorprendido una comunicación destinada a otro? Si está sólo de espaldas en la obscuridad ¿por qué la voz no lo dice? ¿Por qué no dice nunca por ejemplo, Tú naciste tal y tal día y ahora estás sólo de espaldas en la obscuridad? ¿Por qué? Tal vez con el único fin de provocar en su interior ese vago sentimiento de incertidumbre y malestar.

Tu ánimo siempre poco activo lo es ahora más que nunca. Ese es el tipo de afirmación que él admite de buen grado. Tú naciste tal y tal día y tu ánimo siempre poco activo lo es ahora menos que nunca. Es necesaria sin embargo como ayuda para la compañía una cierta actividad de espíritu por débil que sea. Es por lo que la voz no dice, Tú estás de espaldas en la obscuridad y tu espíritu no tiene ninguna actividad de ninguna clase. La voz por sí sola acompaña pero insuficientemente. Su efecto sobre el auditor es un complemento necesario. No fuera sino bajo la forma del vago sentimiento de incertidumbre y malestar antes mencionado. Pero incluso puesta aparte la cuestión de la compañía es evidente que un efecto así se impone. Porque si él sólo debiera escuchar la voz y ésta no tuviera más efecto sobre él que una palabra en bantú o en erso ¿no haría mejor en callarse? A menos que ella se proponga en tanto que ruido en estado puro torturar a un ansioso de silencio. O  evidentemente como antes se había conjeturado que ella no estuviera destinada a otro.

Niño sales de la carnicería-salchichonería Connolly de la mano de tu madre. Dan la vuelta a la derecha y avanzan en silencio sobre la carretera hacia el sur. Cien pasos más allá giran al interior y emprenden la larga subida que lleva a la casa. Caminan en silencio en el aire tibio y dulce del verano. Está avanzada la tarde y al cabo de un rato el sol aparece encima de la montaña. Levantando los ojos al azul del cielo y enseguida a la cara de tu madre rompes el silencio preguntándole si en realidad no está mucho más alejado de lo que parece. El cielo se entiende. El cielo azul. Al no recibir respuesta reformulas mentalmente tu pregunta y algunos pasos más lejos de nuevo levantas los ojos hasta su rostro y le preguntas si no parece mucho menos lejano de lo que está en realidad. Por alguna razón que jamás has podido explicarte esa pregunta debió exasperarla. Porque dejó colgando tu mano y te hizo una respuesta hiriente inolvidable.

Si no es a él al que habla la voz es forzosamente a otro. Así con lo que le queda de razón razona. A otro distinto de este otro. O de él. O de otro incluso. A otro distinto de este otro o de él o de otro incluso. A alguien de espaldas en la obscuridad en todo caso. De alguien de espaldas en la obscuridad ya sea el mismo u otro. Así con lo que le queda de razón razona y razona equivocadamente. Porque si no es a él al que habla la voz sino a otro es forzosamente de ese otro del que habla y no de él ni de ningún otro. Porque habla en segunda persona. Si no es de él a quien habla que habla no hablaría en segunda persona sino en tercera. Por ejemplo, Él nació tal y tal día y ahora está de espaldas en la obscuridad. Es entonces evidente que si no es a él al que habla la voz sino a otro tampoco es de él sino de ese otro y de ningún otro. Así con lo que le queda de razón razona equivocadamente. Para acompañarse debe mostrar una cierta actividad mental. Pero no necesita brillar. Incluso se podría adelantar que mientras menos brilla mejor resulta. Hasta cierto punto. Mientras menos brilla le es más fácil tener compañía. Hasta cierto punto.

Tú naciste en la recámara donde probablemente fuiste concebido. El gran ventanal daba al oeste y a la montaña. Sobre todo al oeste. Ya que como era curvo daba también un poco hacia el norte y hacia el sur. Necesariamente. Un poco hacia el sur con la montaña todavía y un poco hacia el norte donde se perdía en la llanura. El partero no era otro que el internista Haddon o Hadden. Bigote gris fibroso y con el aire acorralado. Como era día de fiesta tan pronto había terminado su desayuno tu padre salió de la casa provisto de un cuarto de scotch y un paquete de sus sandwiches preferidos de yema de huevo para un paseo en la montaña. No había en esto nada extraño. Pero esa mañana el único incentivo no era su amor por los paseos a pie y la naturaleza salvaje. Porque se añadía la aversión que le inspiraban los dolores y otros aspectos poco agradables del parto. En consecuencia los sandwiches que hacia el mediodía al haber alcanzado la primera cima saboreó a la sombra de una gran roca frente al mar. Tú puedes imaginarte sus pensamientos antes y después mientras se abría paso entre brezales y retamas. Regresó a casa a la caída de la noche y prefiriendo entrar por la puerta de servicio se enteró con asombro por boca de la criada que el parto estaba en su apogeo. El mismo que llevaba buen paso mucho antes de su salida unas diez horas antes. Sin vacilar corrió al garage al fondo del jardín donde guardaba su De Dion Bouton. Cerró la puerta tras él y saltó al lugar del conductor. Tú puedes imaginarte sus pensamientos mientras estaba ahí al volante en la obscuridad no sabiendo qué pensar. A pesar de su fatiga y de sus pies adoloridos estaba a punto de salir otra vez por el campo bajo la joven luna cuando la criada llegó corriendo para anunciarle que por fin todo había terminado. ¡Terminado!

Viejo avanzas con pequeños pasos lentos por un angosto camino de pueblo. Saliste al alba y ahora es de tarde. Único ruido en el silencio el de tus pasos. Oyes cada uno y mentalmente lo añades a la suma siempre creciente de los anteriores. Te detienes con la cabeza baja al borde de la cuneta y conviertes en metros. A razón en la actualidad de dos pesos por metro. Tantos desde el alba para añadir a los del día anterior. A los del año anterior. A los de los años anteriores. Tiempos tan distintos del presente y tan semejantes. El enorme total en kilómetros. En leguas. ¿Cuántas veces ya la vuelta al mundo? Inmóvil también a tu lado durante estos cálculos la sombra de tu padre. En sus viejas ropas de vagabundo. En fin juntos adelante de cero otra vez.

La voz lo alcanza tanto de un lado como de otro. Ya mitigada por la lejanía ya susurrada al oído. En el curso de una sola y misma frase puede cambiar de lugar y de volumen. Así por ejemplo con claridad de arriba de la cara volteada, Tú naciste un día de Pascua y ahora. Después susurrado al oído, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O evidentemente al contrario. Otra característica sus largos silencios donde él casi se atreve a esperar que ella haya dicho su última palabra. Asimismo ejemplo con claridad de arriba de la cara volteada, Tú naciste el día en que el Salvador murió y ahora. Luego mucho tiempo después sobre su nueva esperanza el murmullo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O evidentemente al contrario.

Otra característica la repetición. Eternamente apenas cambiada la misma hace tanto. Como para inducirlo a como dé lugar a hacerlo suyo. Para confesar, Sí yo recuerdo. Incluso tal vez para tener una voz. Para murmurar, Sí yo recuerdo. Qué ayuda para la compañía sería esto. Una voz en primera persona del singular murmurando de tarde en tarde, Sí yo recuerdo.

Una vieja mendiga medio ciega lucha con una entrada de jardín. Tú conoces bien el lugar. Sorda como una tapia y con la cabeza perdida el ama de casa está lo mejor posible con tu madre. Estaba segura de poder volar alguna vez por los aires. Tanto que un día se lanzó por una ventana del primer piso. Es de regreso del jardín de niños sobre tu triciclo que ves a la pobre vieja luchando con la entrada. Bajas y le abres. Ella te bendice. ¿Cuáles eran sus palabras? Que Dios te lo pague m’hijito. En ese estilo. Que Dios te cuide m’hijito.

Voz débil aun al máximo de su fuerza. Refluye lentamente hasta los límites de lo audible. Después lentamente regresa a su débil máximo. Con cada lento reflujo nace lentamente la esperanza de que muera. Él debe saber que ella regresará. Lo que no impide que con cada lento reflujo nazca lentamente la esperanza de que muera.

Él ganó poco a poco la obscuridad y el silencio y se tendió. Al cabo de un tiempo muy largo así con lo que le quedaba de razón los juzgó definitivamente. Y entonces un día la voz. ¡Un día! En fin. Y entonces en fin la voz diciendo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. Esas sus primeras palabras. Larga pausa para que él pueda creerle a sus oídos y de nuevo las mismas. Enseguida la promesa de ya no acabar hasta que el oído. Tú estás de espaldas en la obscuridad y esa voz no desaparecerá hasta que desaparezca el oído. O quizás mejor cuando él estaba tirado en la penumbra y los ruidos se hacían raros eso fue poco a poco el silencio y la obscuridad. Tal vez la compañía ganara algo con eso. Porque ¿qué ruidos de tarde en tarde? ¿De dónde la claridad?

Tú estás parado en el borde de un trampolín alto. Lejos por encima del mar. En éste el rostro volteado de tu padre. Volteado hacia ti. Tú vez abajo el querido rostro amigo. Él te grita que saltes. Grita, ¡Valor! La cara redonda y roja. El grueso bigote. Los cabellos grises. El oleaje la sumerge y la regresa a flote. Todavía el lejano llamado, ¡Valor! El mundo te mira. Desde el agua lejana. Desde la tierra firme.

Un ruido de cuando en cuando. Qué bendición un recurso así. En el silencio y la obscuridad cerrar los ojos y escuchar un ruido. Un objeto cualquiera que deja su lugar por su último lugar. Una cosa blanda que blandamente se mueve para ya no tener que moverse. Cerrar los ojos a la obscuridad visible y no escuchar sino eso. Una cosa blanda que blandamente se mueve para ya no tener que moverse.

La voz despide una luz. La obscuridad se aclara el tiempo que ella habla. Se condensa cuando refluye. Se aclara cuando regresa a su débil máximo. Se restablece cuando se calla. Tú estás de espaldas en la obscuridad. Ahí si tus ojos hubieran estado abiertos habrían visto un cambio.

¿De dónde claridad? Qué compañía en la obscuridad. Cerrar los ojos y tratar de imaginarlo. ¿De dónde hace tanto tiempo la claridad? Ningún origen en apariencia. Como si apenas luminiscente todo su pequeño vacío. ¿Qué podía ver él entonces arriba de su rostro volteado? Cerrar los ojos en la obscuridad y tratar de imaginarlo.

Otra característica el tono apagado. Sin vida. Mismo tono apagado siempre. Para sus afirmaciones. Para sus negaciones. Para sus interrogaciones. Para sus exclamaciones. Para sus exhortaciones. Tú fuiste hace tanto. Tú nunca fuiste. ¿Fuiste alguna vez? ¡Oh no haber sido nunca! Sé de nuevo. Mismo tono apagado.

¿Puede moverse? ¿Se mueve? ¿Debe moverse? Cómo ayudaría eso. Cuando la voz desfallece. Un movimiento cualquiera por pequeño que fuera. Aunque no fuera sino una mano que se cierra. O que se abre si cerrada al principio. Cómo ayudaría eso en la obscuridad. Cerrar los ojos y ver esta mano. Cierra ofrecido llenando todo el horizonte. Las líneas. Los dedos que lentamente se doblan. O se extienden si doblados al principio. Las líneas de ese viejo hueco.

Claro que está el ojo. Ocupando todo el horizonte. El velo que lentamente baja. O sube si bajado al principio. El globo. Sólo pupila. Dilatada verticalmente. Oculta. Descubierta. Oculta de nuevo. Descubierta de nuevo.

Y si después de todo él hablara. Por débil que fuera. Qué ayuda sería eso para la compañía. Tú estás de espaldas en la obscuridad y algún día volverás a hablar. ¡Algún día! En fin. En fin hablarás de nuevo. Sí yo recuerdo. Ese fui yo. Ese fui yo entonces.

Tú estás solo en el jardín. Tu madre está en la cocina preparándose para merendar con Madame Coote. Haciendo las tartas con mantequilla del grueso de una lámina. Atrás de un matorral observas la llegada de Madame Coote. Mujercita enjuta y agria. Tu madre le responde diciendo, Juega en el jardín. Subes hasta lo alto de un gran abeto. Te quedas allá arriba escuchando todos los ruidos. Luego te tiras. Las grandes ramas rompen tu caída. Las agujas. Permaneces un instante de cara a la tierra. Luego vuelves a subir al árbol. Tu madre responde a Madame Coote diciendo, Ha estado odioso.

¿Qué siente él con lo que le resta de sentimiento a propósito de ahora con relación a antes? Cuando con lo que le restaba de razón juzgó su estado definitivo. Lo mismo que preguntar lo que entonces con relación a antes sentía a propósito de entonces. Como entonces no había antes del mismo modo que no hay ahora.

En la misma obscuridad o en otra otro imaginando todo para acompañarse. Voz aparentemente clara a primera vista. Pero bajo el ojo que la observa se enreda. Incluso más se detiene el ojo más ella se enreda. Hasta que el ojo se cierra y libre otro tanto la cabeza puede preguntarse, ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué quiere decir eso que a primera vista parecía claro? Hasta que ella también se cierra para decirlo de ese modo. Como se cerraría la ventana de una pieza obscura y vacía. La única ventana sobre el obscuro exterior. Después nada más. No. Desgraciadamente no. Resplandores agonizantes todavía y sobresaltos. Informulables sobresaltos del espíritu. Inextinguibles.

Ningún lugar en particular sobre el camino de A a Z. O para mayor verosimilitud el camino de Ballyogan. Cabeza sumida en tus cuentas al borde de la cuneta. A la izquierda las primeras pendientes. Frente a los pastos. A la derecha y un poco hacia atrás la sombra de tu padre. Tantas veces ya la vuelta al mundo. Abrigo hace mucho verde gastado de arriba a abajo de vejez y mugre. Bombín abollado hace tanto amarillo y botines todavía buenos. En camino desde el alba y ya la tarde. Terminado el cálculo los dos adelante de cero otra vez. Derecho por Stepaside. Pero bruscamente corren a través del seto y desaparecen cojeando hacia el este a través de los campos.

Ya que ¿por qué o? ¿Por qué en otra obscuridad o en la misma? ¿Y quién lo pregunta? ¿Y quién pregunta, Quién lo pregunta? Y responde, Aquél que él sea el que imagina todo. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Para tener compañía. ¿Quién pregunta a fin de cuentas, Quién pregunta? Y a fin de cuentas responde como aquí arriba. Añadiendo muy quedo mucho tiempo después, A menos que ese no sea otro de nuevo. Ningún sitio qué encontrar. Ningún sitio qué buscar. Lo impensable último. Innombrable. Toda última persona. Yo Silencio de inmediato.

La luz que había entonces. Sobre tu espalda en la obscuridad la luz que había entonces Claridad sin nubes ni sol. Tú te eclipsas al levantar el día y trepas a tu escondite al lado de la colina. Un nido en la retama. Por el este más allá del mar el contorno apenas de altas montañas. Una distancia de setenta millas según tu manual de geografía. Por tercera o cuarta vez en tu vida. La primera vez las incluiste y te alegraste. Tú no habrías visto sino nubes. Tanto que desde entonces lo guardas en el corazón con lo demás. Regreso a la caída de la noche y a la cama sin cenar. Estás en la obscuridad en medio de esa luz de nuevo. Desde tu nido en la retama fijas los ojos por encima del mar hasta que te duelen. Los cierras el tiempo que dura contar hasta cien luego los abres y los fijas de nuevo. Hasta que al fin aparecen allá. Azul pálido eternamente contra el cielo pálido. Tú estás en la obscuridad en medio de esa luz de nuevo. Te adormeces en esa luz sin nubes ni sol. Duermes hasta la luz del día.

Inventor de la voz y del auditor y de sí mismo. Inventor de sí mismo para tener compañía. Quedarse ahí. Él habla de sí como si se tratara de otro. Él dice hablando de sí, Él habla de sí como si se tratara de otro. Él también se imagina a sí mismo para acompañarse. Quedarse ahí. La confusión también acompaña. Hasta cierto punto. Más vale la falsa esperanza que ninguna. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón se fatiga. De la compañía también hasta cierto punto. Más vale un corazón fatigado que ninguno. Hasta que comienza a podrirse. De este modo hablando de sí él concluye por el momento, Por el momento quedarse ahí.

En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Todavía por imaginar. Así como su postura. Parado o sentado o acostado o en cualquier otra postura en la obscuridad. Respuestas entre otras todavía por imaginar. Entre otras a otras preguntas también. Tomando en cuenta a la que acompaña. ¿Cuál de las dos obscuridades es la más apta para tener compañía? ¿Cuál de todas las posturas imaginables tiene más que ofrecer en materia de compañía? Y lo mismo para las demás preguntas todavía por imaginar. Como la de saber si tales decisiones son definitivas. Que él se decida por ejemplo después de detenida imaginación a favor de extenderse ya sobre la espalda ya sobre el vientre y que a la larga esta postura decepcione en cuanto a compañía. Es posible en ese caso sí o no substituirla por otra. Como por ejemplo acuclillarse con las piernas encerradas en el semicírculo de los brazos y la cabeza sobre las rodillas. Aun el movimiento. No fuera sino en cuatro patas. Otro en la misma obscuridad o en otra echado en cuatro patas imaginando todo para tener compañía. O alguna otra forma de locomoción. Las posibilidades de la casualidad. Una rata muerta. Qué ayuda para la compañía sería eso. Una rata muerta desde mucho tiempo atrás.

¿No habría modo de beneficiar al auditor? De proporcionarle un trato más agradable si no francamente humano. Aspecto mental tal vez lugar para un poco más de animación. Un esfuerzo de reflexión al menos. De  memoria. Incluso de articulación. De rastros de emoción. Algunos signos de angustia. Una sensación de pérdida. Sin salir del personaje. Trabajo espinoso. Pero aspecto físico. ¿Tiene que yacer inerte hasta el final?  Sólo los párpados que de vez en vez se mueven porque técnicamente es necesario. Con el fin de admitir o rechazar a la obscuridad. ¿No podría cruzar los pies? De tarde en tarde. Tanto el izquierdo sobre el derecho  como cuando se quiera al revés. No. Absolutamente incompatible. ¿El yacer con los pies cruzados? Descartado al primer vistazo. ¿Un movimiento cualquiera de una mano? Una contracción. Una relajación. Difícilmente defendible. O levantada para matar a una mosca. Pero no hay moscas. Entonces que haya. ¿Por qué no? La tentación es fuerte. Que haya una mosca. Una mosca viva que lo crea muerto. Advertida de su error y reemplazándola inmediatamente. Qué ayuda para la compañía sería eso. Una mosca viva que lo crea muerto. Pero no. Él no mataría a una mosca.
Te da lástima un puerco espín afuera en el frío y lo metes en una vieja caja de sombreros con una provisión de gusanos. Tú colocas enseguida la caja con el vermívoro adentro de una jaula para conejos vacía a la que le dejas la puerta abierta para que la pobre bestia pueda ir y venir a su antojo. Ir en busca de su comida y habiendo comido volver al calor y a la seguridad de su caja en la jaula. He ahí entonces el puerco espín en la caja con suficientes gusanos para poder sobrevivir. Un último vistazo para asegurarte que todo está como se debe antes de irte a buscar otra cosa para matar el tiempo de una mortal lentitud ya a esta joven edad. El pequeño entusiasmo encendido por esta buena acción es más largo que de costumbre para debilitarse y ceder. Tú te entusiasmabas de buena gana durante esa época pero jamás durante mucho tiempo. Apenas encendido el entusiasmo por alguna buena acción de tu parte o por algún pequeño triunfo sobre tus rivales o por alguna palabra de elogio de tus padres o de tus maestros se debilitaba y cedía dejándote en muy poco tiempo tan frío y melancólico como antes. Aun en esa época. Pero no ese día. Eso fue para concluir en el pasado con una tarde de otoño en que encontraste al puerco espín y tuviste lástima de él de esa manera y sentías todavía la satisfacción llegada la hora de acostarte. Y de rodillas sobre el tapete añadiste al puerco espín a la lista de los seres queridos que todas las noches había que recomendar a Dios. Y dando una y otra vuelta en el calor de las frazadas en espera del sueño sentías todavía una tibieza en el corazón pensando en la  suerte que había tenido ese puerco espín de atravesarse en tu camino como lo había hecho. En este caso un sendero de tierra bordeado de boj marchito. Mientras tú estabas ahí interrogándote sobre la mejor manera de matar el tiempo hasta la hora de acostarte él atravesó uno de los bordes y se encaminó derecho hacia el otro cuando tú entraste en su vida. Ahora a la mañana siguiente no sólo el entusiasmo se había apagado sino que un gran malestar había tomado su lugar. La obscura sensación de que tal vez no todo estaba como debiera. Y que en vez de haber hecho lo que tú habías hecho habrías hecho quizá mejor en dejar hacer a la naturaleza y en dejar al puerco espín seguir su camino. Pasaron días enteros si no semanas antes de que tuvieras el valor de regresar a la jaula. Tú nunca has olvidado lo que encontraste entonces. Tú estás de espaldas en la obscuridad y nunca has olvidado lo que encontraste entonces. Esa gelatina. Esa infección.

Amenaza desde hace un momento lo que sigue. La discontinua necesidad de compañía. Momentos en que la suya sin mezcla un alivio. Entonces la voz una intrusa. Igual que la imagen del auditor. Igual que la suya. Queja al mismo tiempo de haberlos provocado y problema cómo terminarlos. En fin ¿qué significa la suya sin mezcla? ¿Qué alivio posible? Quedarse ahí por el momento.

Que el auditor se llame H. No muda. Hache. Tú Hache tú estás de espaldas en la obscuridad. Y que él sepa su nombre. Ya no se trata de descubrir cosas no para él. De no ser tomado en cuenta. Aunque por toda evidencia lógicamente ninguna. De un susurro en el pabellón de la oreja ¡preguntarse si es para él! Así es él. Pérdida entonces de esa vaga incertidumbre. Esa débil esperanza. Para él tan privado de ocasiones para sentir. Tan poco apto para sentir. No aspirando sino en la medida en que él solo puede aspirar a no sentir nada. ¿Es eso deseable? No. ¿Ganaría él algo en cuanto a compañía? No. Entonces que ya no se llame H. Qué él sea de nuevo tal como siempre. Sin nombre. Tú.

Imaginar más de cerca el sitio donde él yace. Sin exagerar nada. Un indicio en cuanto a su forma y su extensión es proporcionado por la voz a lo lejos. Alcanzándolo de lejos al cabo de un lento reflujo o soltada de un solo golpe o recuperada a lo lejos después de un largo silencio. Y eso tanto de arriba como de todas partes y a todos los niveles al mismo grado de debilitamiento máximo debido al máximo de alejamiento. Jamás de abajo. Hasta ahora. De donde lógicamente el sujeto de espaldas en una rotonda de ancho diámetro de tal suerte que su cabeza ocupa el centro ¿Ancho de cuánto? Vista la debilidad de la voz a su débil máximo unos veinte metros deben bastar sean diez desde la oreja hasta cualquier punto de la superficie envolvente. Esto para la forma y la extensión. ¿Y la materia? ¿Qué indicio suponiendo que existe en cuanto a ella y de dónde? No decidir nada por el momento. El basalto llama. Basalto negro. Pero no decidir nada por el momento. Así cansado de la voz y de su auditor él por su parre imagina. Pero con un poco más de imaginación él se da cuenta haber imaginado equivocadamente. Porque ¿con qué derecho afirme de un sonido débil que se trata de uno menos débil por la distancia y no simplemente de uno más débil soltado a quemarropa? ¿O de uno débil haciéndose más débil mientras se aleja en lugar de adelgazarse partiendo de un mismo lugar? Sin duda de ninguno. De la voz entonces ninguna luz qué esperar sobre la naturaleza del sitio donde yace nuestro viejo auditor. En la penumbra inconmensurable. Sin límites. Quedarse ahí por el momento. Añadiendo tan sólo, ¿Qué clase de imaginación es ésta tan herida de razón? Una especie aparte.

Otro imaginando todo para tener compañía. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Imaginar rápido. En la misma.

¿No habría modo de beneficiar a la voz? ¿De proporcionarle un comercio más agradable? Suposición de que desde hace algún tiempo ella vaya modificándose. A pesar de que ningún tiempo de ningún verbo en esa conciencia obscura. Todo en todo momento terminado y en curso y sin fin. Pero suposición de que para el otro desde hace algún tiempo ella vaya mejorándose. Mismo tono apagado siempre tal como fue imaginado al  principio y misma repetición. Por ahí nada que agregar. Pero menos movilidad. Menos variedad en la debilidad. Como en la búsqueda del sitio óptimo. De dónde soltar con el máximo de efecto. La amplitud ideal para una cómoda audición. Con la preocupación de no ofender al oído por demasiado volumen ni por el exceso contrario obligarlo a forzarse. Cuánto más apto para acompañar sería un órgano así en comparación con aquél apresuradamente imaginado al comienzo. Cuánto mejor en la medida de lograr su objetivo. Reconstruir un pasado al auditor y que él lo reconozca. Tú naciste un viernes santo al final de un largo parto. Sí yo recuerdo. Del mismo modo en que la gota para destruir mejor debe caer sin desviarse sobre el subyacente.

Cuando saliste por última vez la tierra estaba cubierta de nieve. Ahora de espaldas en la obscuridad estás esa mañana en el umbral de la puerta cerrada tras de ti. Recargado en la puerta cabeza baja tú te dispones a partir. Cuando vuelves a abrir los ojos tus pies han desaparecido y los faldones de tu abrigo descansan sobre la nieve. La obscura escena parece iluminada desde abajo. Tú te ves en el momento de esa última salida recargado en la puerta con los ojos cerrados en espera de la partida. Fuera de ahí. Enseguida el cuadro a la luz de la nieve. Tú yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y te ves entonces como acabas de ser descrito disponiéndote a lanzarte a través de ese manto de luz. Tú escuchas de nuevo la caída del cerrojo lentamente girando y el silencio antes de que pueda darse el primer paso. En fin vete partir ahí por los blancos pastos alegrados con borregos durante la primavera y cubiertos de placentas rojas. Te diriges como siempre derecho por el sendero en el seto de espinos que marca el límite al oeste. Hasta allá desde el comienzo de los pastos necesitas normalmente de mil ochocientos a dos mil pasos según tu humor y el estado del terreno. Pero esa última mañana necesitarás mucho más. Muchos muchos más. La línea recta es tan común para tus pies que podrían en caso necesario mantenerse tus ojos cerrados sin equivocación al cabo de varios pasos costado norte o sur. Por lo demás ninguna otra necesidad que interna lo que normalmente hacen y no solamente aquí. Ya que tú caminas si no con los ojos cerrados aunque eso también la mitad del tiempo al menos manteniéndolos fijos en el suelo momentáneo delante de tus pies. De la naturaleza eso es todo lo que habrás visto. Desde el día en que bajaste la cabeza para siempre. El sol fugitivo delante de tus pies. No cuentas tus pasos. Por la sencilla razón de que todos los días es la misma cifra. El promedio de un día al otro es el mismo. Porque el camino es siempre el mismo. Llevas cuentas de los días y cada diez días multiplicas. Y sumas. La sombra de tu padre ya no está contigo. Ella falló hace mucho tiempo. Tú ya no escuchas tus pasos. Sin ver ni oír tú sigues tu camino. Día tras día. El mismo camino. Como si ya no hubiera otro. Para ti ya no hay otro. Otras veces no te detenías sino para llevar bien tu cálculo. Con el fin de poder volver a partir de cero otra vez. Esa necesidad suprimida como lo hemos visto la de detenerte también lo es en teoría. Con excepción quizás al final del camino para disponerte a regresar. No obstante tú lo haces. Como nunca antes. No por causa de fatiga. No estás más fatigado en el presente que de costumbre. No por causa de vejez. No estás más viejo en el presente que de costumbre. Y sin embargo tú te detienes como nunca antes. Tanto que para los mismos cien metros que otras veces hacías en un tiempo de tres a cuatro minutos necesitas ahora entre quince y veinte. El pie cae por sí solo en medio del paso o cuando le toca despegarse permanece clavado en el piso con estancamiento del cuerpo. Entonces informulable angustia de la que lo esencial, ¿Podrán ellos ir más lejos?, O mejor, ¿Van a ir ellos más lejos? Lo esencialmente estricto. Tú yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y ves la escena. Como no podías en ese entonces. La obscura bóveda del cielo. La tierra resplandeciente. Tú detenido en el medio. Los botines hundidos hasta los tobillos. Los faldones del abrigo descansando en la nieve. En el viejo bombín la vieja cabeza baja muda de angustia. En medio de los pastos a la mitad del sendero. Esa línea recta. Ves para atrás como no podías entonces y ves tus huellas. Una gran parábola. En sentido contrario al de las manecillas. Como en el infierno. Como sí de pronto el corazón demasiado pesado. Al final demasiado pesado.

La flor de la edad. Imaginar un aroma de muestra. De espaldas en la obscuridad recuerdas. Día de abril sin nubes. Ella te alcanza en la cabaña. Rústico hexaedro. Hecho por completo con trozos de abeto y de alerce. Diámetro dos metros. Altura tres. Superficie del suelo alrededor de los tres metros cuadrados. Dos pequeñas ventanas abigarradas frente a frente. Pequeños cristales de colores biselados. Bajo cada una un reborde. Aquí en el verano el domingo después de la comida de mediodía a tu padre le gustaba retirarse acompañado de Punch y de un cojín. Sentado sobre un reborde la cintura de su pantalón desabotonada él pasaba las páginas. Tú enfrente sobre el otro los pies colgando. Cada vez que él reía tú intentabas reír también. Cuando su risa se apagaba la tuya también. Eso le gustaba y le divertía mucho que tú quisieras imitar su risa y a veces le sucedía reír sin motivo con el único fin de escucharte tratar de reír también. De cuando en cuando te volteas y miras por un cristal rosa. Pegas tu nariz al vidrio y ves todo el exterior color de rosa. Los años han pasado y estás ahí en el mismo lugar que entonces bañado de luz irisada los ojos fijos en el vacío. Ella tarda. Cierras los ojos y emprendes el cálculo del volumen. En los momentos difíciles te vuelves de buena gana hacia las simples  operaciones de aritmética. Como hacia una ensenada. Llegas finalmente a más o menos siete metros cúbicos. Todavía ahora en la obscuridad fuera del tiempo las cifras te reconfortan. Supones cierto ritmo cardíaco y calculas cuántas palpitaciones por día. Por semana. Por mes. Por año. Y suponiendo un cierto lapso de vida por vida. Pero por el momento como no tienes en tu pasivo sino una decena de billones norteamericanos estás otra vez sentado en la cabaña tratando de calcular su volumen. Siete metros cúbicos más o menos. Por misteriosas razones esa cifra te parece improbable y vuelves a comenzar tu cálculo desde cero. Pero apenas empezado su paso ligero se hace escuchar. Ligero para una mujer de su corpulencia. Con el corazón acelerado abres los ojos y al cabo de un instante su rostro aparece en la ventana. Azul casi por completo vista desde tu lugar la palidez natural que tú admiras tanto como sin duda vista desde el suyo por completo azul la tuya. Porque la palidez natural es una característica que les es común. Los labios violetas no devuelven tu sonrisa. Ahora tomando en cuenta que esa ventana vista desde tu sitio se encuentra al nivel de tus ojos y por otra parte que el piso está casi al ras del suelo exterior no puedes dejar de preguntarte si ella no está de rodillas. Sabiendo por experiencia que la estatura o tamaño que les es común es la suma de segmentos iguales. Porque cuando derechos de pie o acostados completamente extendidos ustedes se colocan frente a frente el uno pegado al otro entonces sus rodillas se tocan así como sus pubis y sus cabellos se enmarañan. ¿Habría que concluir que la pérdida de estatura para el cuerpo sentado es la misma que para el que está de rodillas? Aquí tú cierras los ojos con el fin de medir mejor y comparar mentalmente los primeros y segundos segmentos de la planta a la rótula y de ahí a la cintura pélvica. ¡Cómo te entregabas completamente despierto al ojo cerrado! De día y de noche. A esa obscuridad perfecta. Esa luz sin sombra. Tan sólo por ausentarte. O por motivos como éste. Aparece una sola pierna. Tú separas tus segmentos y los extiendes uno junto al otro. Es como lo sospechabas. El superior es el más largo y por consecuencia más grande la pérdida del sentado cuando el sitio está a la altura de la rodilla. Dejas ahí los pedazos y al volver a abrir los ojos la encuentras sentada frente a ti. Silencio. Los labios rojos no devuelven tu sonrisa. Tus ojos bajan hasta su pecho. No recuerdas haberla visto tan llena. A su vientre. Misma impresión. Se confunde con el de tu padre desbordando la cintura desabotonada. ¿Estará embarazada sin que tú ni siquiera hayas pedido su mano? Te abstraes. Ella también sin que tú lo sepas ha cerrado los ojos. Ahí están sentados de esa forma en la cabaña. En esa luz irisada. Ese silencio.

Agotado por ese derroche de imaginación él se detiene y todo se detiene. Hasta el momento en que invadido de nuevo por la necesidad de compañía comienza a llamar al auditor M por lo menos. Para facilitar la localización. Él mismo con otro carácter. W. Imaginando todo él mismo incluido para tener compañía. En la misma obscuridad que M según los últimos informes. En qué postura y si fijo o móvil todavía no imaginado. Él dice también hablando de sí, La última vez que él habló de sí fue para decirse en la misma obscuridad que su criatura. No en otra como anteriormente considerado. En la misma. En tanto que más apta para acompañar. Y que faltaba por imaginar su postura. Y si fija o móvil. ¿Cuál de todas las posturas imaginables podría a la larga cansar menos? Entre el movimiento y el reposo ¿cuál se revelaría a largo plazo más entretenido? Y al mismo tiempo de un solo impulso demasiado pronto para saber y por qué después de todo no decir sin esperar más lo que más tarde puede ser desmentido y si por casualidad eso no se podía. ¿Entonces? ¿Podría él ahora si lo juzgaba preferible retirarse de la obscuridad que según los últimos informes tuvo su preferencia e ir a otra completamente distinta lejos de su criatura? Si él se decidiera ahora por seguir ahí y más adelante lo lamentara ¿podría él entonces ponerse de pie por ejemplo y recargarse en un muro o caminar un momento? ¿Se dejaría M reimaginar en una mecedora? ¿Libres las manos de ir en su ayuda? Ahí en la misma obscuridad que su criatura él se marcha por las buenas expuesto a esas perplejidades preguntándose al mismo tiempo en lo más profundo de su espíritu como le sucede algunas veces si los males del mundo serían siempre lo que eran. De su tiempo.

M hasta ahora como sigue. De espaldas en un sitio obscuro de formas y dimensiones todavía por imaginar. Auditor intermitente de una voz de la que a veces se pregunta si está destinada para él en lugar de para otro que esté en el mismo caso. Porque nada impide cuando ella describe correctamente su estado que la descripción no sea en beneficio de otro en la misma situación. Dudas poco a poco defraudadas a medida que la voz en lugar de diseminarse por todas partes se concentra en él. Cuando ella para el único sonido la respiración de él. Cuando ella para mucho tiempo débil esperanza en vano. Actividad mental de las más mediocres. Ocasionales chispas de razonamiento inmediatamente extinguidas. Esperanza y desesperanza para no nombrar sino a ese viejo tandem apenas resentidas. Sobre los orígenes de su estado actual ninguna aclaración. Nada de ahí que relacionar con aquí ni de entonces con ahora. Sólo los párpados se mueven. Cuando el ojo harto de la obscuridad de afuera y de adentro se cierran y abren respectivamente. Esperanza no muerta de otros pequeños movimientos limitados. Pero ninguna mejoría que señalar por ese lado hasta el momento. O sobre un plano más elevado en provecho de la compañía por un movimiento de tristeza mantenida por ejemplo o de apetito o de remordimiento o de curiosidad o de cólera y así por el estilo. O por un acto cualquiera de inteligencia suficientemente satisfactorio para que él pueda decirse por ejemplo hablando de sí, Ya que él no sabe pensar que no lo intente. Queda por añadir a este croquis. Su indesignabilidad. Aun M debe saltar. Así W recuerda a su criatura tal como fue creada hasta ahora. ¿W? Pero él también es criatura. Quimera.

Luego otro todavía. De quien nada. Creándose quimeras para atenuar su nada. Silencio de inmediato. Un instante y de nuevo enloquecido para sus adentros, De inmediato silencio de inmediato.

Imaginando imaginado imaginando todo para tener compañía. En la misma obscuridad quimérica de sus otras quimeras. En qué postura y si sí o no tal como el auditor en la suya de una vez por todas todavía no determinada. ¿No basta con un solo inmóvil? ¿De qué sirve repetir ese factor de consuelo? Entonces que se mueva. Con moderación. En cuatro patas. Un arrastre moderado. El torso bien separado del suelo y el ojo atento en la dirección del camino. Si eso no vale más la pena que nada anular si es posible. Y en el vacío recuperado otra moción. O ninguna. Entonces tampoco imaginar la postura más benéfica. Pero por el momento que se arrastre. Se arrastre y caiga. Se arrastre de nuevo y vuelva a caer. En la misma obscuridad quimérica de sus otras quimeras.

Habiendo errado durante mucho tiempo como extraviada la voz encuentra su lugar y su debilidad final. ¿Su lugar dónde? Imaginar con circunspección.

Por arriba del rostro volteado. En la vertical del occipucio. De tal forma que con la débil luz que ella despide si hubiera una boca que ver él no la vería. Por más desesperadamente que él mueva los ojos. ¿Altura del suelo? Al alcance del brazo. ¿Fuerza? Débil. Como la de una madre que se inclina por detrás sobre la cabecera de la cuna. Ella se aparta para que el padre pueda ver. Él por su parte murmura al recién nacido. Tono apagado sin cambios. Ningún indicio de amor.

Tú estás de espaldas al pie de un álamo. Bajo su vacilante sombra. Ella recostada en ángulo recto apoyada sobre los codos. Tus ojos cerrados acaban de hundirse en los suyos. En la penumbra tú vuelves a sumergirte en ellos. Todavía. Sientes en la cara la punta de sus largos cabellos negros moverse en el aire inmóvil. Bajo la maraña de los cabellos se ocultan sus rostros. Ella susurra, Escucha las hojas. Mirándose a los ojos ustedes escuchan las hojas. Bajo su vacilante sombra.

Arrastrándose entonces y cayendo. Arrastrándose de nuevo y de nuevo cayendo. Si a fin de cuentas eso no ayuda en nada él siempre puede caer de una buena vez por todas. O nunca haberse puesto de rodillas. Imaginar en qué forma un arrastre tal podría servir al contrario de la voz para levantar un plano del lugar. De entrada ¿cuál es la unidad reptil? Correspondiente a la zancada del vagabundo. Él se pone en cuatro patas y se prepara para comenzar. Manos y rodillas en los ángulos de un rectángulo con un largo de dos pies y un ancho a discreción. Finalmente digamos que la rodilla derecha avanza seis pulgadas reduciendo así un cuarto la distancia entre ella y la mano homóloga. La que por su parte cuando se desea avanza otro tanto. Y ahí está nuestro rectángulo transformado en rombo. Pero sólo el tiempo necesario para que la rodilla y la mamo izquierda hagan otro tanto. Con lo que se regresa al rectángulo. Así ininterrumpidamente hasta que él cae. Es ésa la ambladura del rastrero y de todas sus formas de andar sin duda la menos corriente. Por lo tanto sin duda la más divertida.

Mientras él se arrastra el cálculo mental. Grano a grano en la cabeza. Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Un pie. Hasta que al cabo digamos de cinco él cae. Luego tarde o temprano delante de cero otra vez. Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Seis. Así sigue. En línea recta en la medida de lo posible. Hasta el momento en que no habiendo encontrado obstáculo avergonzado él vuelve sobre sus pasos. Desde cero de nuevo. O se va en otra dirección completamente distinta. En línea recta de la mejor manera que puede. E incluso ahí sin el menor descanso para su pena termina por desistir y por cambiar una vez más de rumbo. De nuevo desde cero. Sabiendo oportunamente o dudando poco de hasta qué grado la penumbra puede desviar. Hacia la izquierda a causa del corazón. Como en el infierno. O por el contrario convertir en rectilínea la elipse deliberada. Cualesquiera que sea se arrastra alegremente ningún límite hasta el momento. Rodilla mano rodilla mano. Penumbra sin límites.

¿Es razonable imaginar al auditor en estado de perfecta inercia mental? Salvo en los momentos en que él escucha. Es decir en los momentos en que la voz se hace escuchar. Porque ¿qué es lo que le está permitido escuchar aparte de la voz y de su respiración? Mmh. El arrastre. ¿Escucha el arrastre? ¿La caída? Qué ayuda para la compañía sería que él pudiera escuchar el arrastre. La caída. La vuelta a cuatro patas. La continuación del arrastre. Preguntándose lo que mi Dios tales ruidos pueden significar. Reservar para un más tarde más vacío. Y aparte del sonido ¿qué es lo que podría animar a su espíritu? ¿La vista? ¿Cómo no declarar que no hay nada que ver? Pero demasiado tarde por el momento. Porque él percibe un cambio de obscuridad cuando cierra o abre los ojos. Y que en principio él percibe la débil luz que desprende la voz tal como fue imaginada. Apresuradamente imaginada. Luz infinitamente débil de acuerdo porque apenas más que un susurro. Ahora observado de repente cómo los ojos se cierran desde la primera sílaba enunciada. Suponiéndolos abiertos en ese momento. De manera que esa luz del modo en que termina por ser apenas es apenas percibida a la mitad de un parpadeo. ¿El sabor? ¿El sabor de su boca? Aceptado desde mucho tiempo atrás. ¿El empuje del suelo contra su esqueleto? De una extremidad a la otra desde el calcáneo hasta la protuberancia de filogenitividad. ¿Un gusto por moverse no podría atenuar su apatía? ¿A voltearse de lado? O sobre el vientre. Para cambiar. Que le sea concebido ese mínimo de necesidad. Y al mismo tiempo la felicidad de saber superada la época en que era libre de retorcerse en vano. ¿El olfato? ¿Su propio olor? Aceptado desde mucho tiempo atrás. Y obstáculos a otros si es que hay. Por ejemplo en un momento dado una rata muerta desde hace mucho tiempo. O de alguna otra carroña. Todavía por imaginar. A menos que el rastrero no huela. Mmh. El creador rastrero. ¿Sería razonable imaginar que al mismo tiempo que se arrastra el creador huele? Todavía más fuerte que su criatura. Y que llegue así a asombrarse ese espíritu tan negado al asombro. A asombrarse de ese extraño olor. ¿De quién o de qué mi Dios ese tufo nauseabundo? Cómo ganaría él como compañero si tan sólo su creador pudiera oler. Si tan sólo él pudiera oler a su creador. ¿Un sexto sentido cualquiera? ¿Inexplicable premonición de una desgracia inminente? ¿Sí o no? No. ¿De la razón pura? De este lado de la experiencia. Dios es amor ¿Sí o no? No.

El creador rastrero es la misma obscuridad creada que su criatura ¿puede crear mientras se arrastra? Pregunta que entre otros se hacía estirado entre dos paseos. Y si la respuesta evidente se imponía al espíritu no era tan evidente saber la más ventajosa. Y necesitó muchos y muchos viajes y al mismo número de postraciones antes de poder hacerse finalmente una imaginación al respecto. Añadiendo simultáneamente de un solo tirón para él solo sin convicción que ninguna respuesta de su parte era sagrada. Pase lo que pase la que él aventuró para concluir era negativa. No él no podía. Asunto demasiado serio el de arrastrarse en la obscuridad de la manera antes imaginada y demasiado absorbente para no excluir cualquier otra actividad no fuera sino la de cosificar una parcela de la nada. Ya que él debía pasearse no sólo de esa manera especial demasiado apresuradamente imaginada sino también en línea recta por encima de lo andado en la medida de lo posible. Y por lo demás contar mientras se va añadiendo medio paso a medio paso y retener en la memoria la suma siempre variable de los ya contabilizados. Y en fin mantener alertas los ojos y las orejas para descubrir el mínimo indicio respecto a la naturaleza del lugar donde su imaginación lo había sin duda atropelladamente consignado. Deplorando entonces una imaginación tan herida de razón sin olvidar al mismo tiempo cuán revocables sus exaltaciones no pudo al fin sino responder que él no podía. No podía crear razonablemente mientras se arrastraba en la misma obscuridad creada que su criatura.

Una playa. El atardecer. La luz agoniza. Ninguna pronto ella ya no agonizará. No. Nada de eso porque ninguna luz. Ella agonizaba hasta el alba y jamás moría. Tú estás parado de espaldas al mar. Único ruido el suyo. Siempre más débil a medida que suavemente se aleja. Hasta el momento en que suavemente regresa. Tú te apoyas en un alto bastón. Tus manos descansan en el puño y sobre ellas tu cabeza. Si llegaran a abrirse tus ojos verían primero a lo lejos en los últimos resplandores los faldones de tu abrigo y los tobillos de tus botines sumidos en la arena. Que desaparezca de tu vista. Noche sin luna ni estrellas. Si tus ojos llegaran a abrirse la penumbra se aclararía.

Se arrastra y cae. Yace. Respira con los ojos cerrados en la obscuridad. Se incorpora. Físicamente decepción de haberse arrastrado otra vez para nada. Diciéndose quizás. A fin de cuentas ¿para qué arrastrarse? Por qué no simplemente yacer con los ojos cerrados en la obscuridad y renunciar a todo. Y terminar con todo. Con el insignificante arrastre y las quimeras inútiles. Pero si le ocurre perder ánimos en esa forma nunca es por largo tiempo. Porque poco a poco en su corazón de desilusionado la necesidad de compañía renace. O escapar de la suya. La necesidad de escuchar esa voz de nuevo. No fuera sino diciendo de nuevo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O incluso, Tú naciste en la tarde del día en que bajo el cielo obscuro en la novena hora Cristo gritó y murió. La necesidad los ojos cerrados para comprender mejor de ver esa luz esparcida. O con añadidura de alguna humana debilidad por mejorar al auditor. Como por ejemplo una comezón fuera del alcance de su mano o mejor al alcance de su mano inerte. Una comezón que no se puede rascar. Qué ayuda para la compañía sería eso. O en última instancia para mejor final la cuestión de saber qué es lo que él entiende exactamente al hablar de sí por la vaga indicación de que él yace. ¿Cuál en otras palabras de todas las innumerables maneras de yacer tiene más posibilidades de gustar a la larga? Si habiéndose arrastrado de la manera especificada él cae normalmente sería de frente. Dado su grado de fatiga y de desaliento en ese momento le sería difícil hacerlo de otro modo. Pero una vez bien tendido nada le impide girar sobre uno u otro de sus dos costados o sobre su única espalda y permanecer así si alguna de estas tres posturas se revela más entretenida que alguna de las otra tres. Esa de espaldas a pesar de su encanto debe ser descartada finalmente por haber sido ya proporcionada por el auditor. En cuanto a las laterales un solo vistazo las elimina. No queda entonces sino la postración. ¿Pero de qué modo? ¿Postrado de qué modo? ¿Cómo poner las piernas? ¿Los brazos? ¿La cabeza? Tirado en la obscuridad él se empeña en querer ver cómo puede estar mejor tirado. De qué modo lo mejor tirado posible hacerse compañía.

Precisar la imagen del auditor. De todas las maneras de mantenerse de espaldas ¿cuál será a la larga menos cansada? Tirado los ojos cerrados abiertos en la obscuridad él termina por comenzar a entrever. Pero de entrada ¿desnudo o vestido? Aunque sólo fuera con una sábana. Desnudo. Espectral a la luz de la voz esa carne de una blancura de hueso como compañía. La cabeza reposando en lo esencial sobre la protuberancia occipital antes citada. Las piernas juntas en posición de firmes. Los pies separados en ángulo recto. Las manos con esposas invisibles juntas sobre el pubis. Otros detalles según las urgencias. Dejarlo así por el momento.

Abatido por los males de tu especie levantas sin embargo la cabeza del apoyo de las manos y abres los ojos. Te unes sin moverte de tu sitio con la luz de arriba de tu cabeza. Tus ojos caen sobre el reloj bajo tus ojos. Pero en lugar de ver la hora de la noche siguen los giros del segundero al que su sombra a veces precede y a veces sigue. Horas más tarde te parece de la siguiente forma. A los 60 segundos y a los 30 la sombra desaparece bajo la aguja. De 60 a 30 la sombra precede a la manecilla a una distancia que va aumentando de cero a 60 hasta su máximo en 15 y de ahí disminuyendo hasta el nuevo cero a 30. De 30 a 60 la sombra sigue a la aguja a una distancia que va creciendo de cero a 30 hasta su máximo en 45 y de ahí decreciendo hasta el nuevo cero a 60. Que ahora tú hagas caer de lado la luz sobre el reloj desplazando una u otro de un lado o del otro y entonces la sombra desaparece bajo la manecilla en dos puntos distintos como por ejemplo en 50 y en 20. En dos puntos distintos según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea éste y partiendo de la diferencia entre los primeros y los nuevos puntos de sombra cero la distancia de uno a otro es siempre de 30 segundos. La sombra surge de abajo de la aguja en no importa qué punto de su circuito para seguirla o precederla el espacio de 30 segundos. Luego desaparece otra vez durante una fracción incalculable de segundo antes de salir de nuevo para precederla o seguirla una vez más. Y así sin descanso. Esa es aparentemente la única constante. Porque la propia distancia entre la aguja y su sombra varía también según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea la distancia va creciendo y decreciendo invariablemente de cero hasta su máximo 15 segundos más tarde y otros 15 segundos después a cero incluso respectivamente. Y así sin descanso. Esa sería una segunda constante. Tú habrías podido observar mucho más con relación a ese segundero y su sombra en su recorrido paralelo aparentemente sin descanso alrededor de la esfera y tal vez desprender otras variables y constantes y corregir eventuales errores en lo que te había parecido hasta entonces. Pero no aguantando más tú dejas caer la cabeza ahí donde estaba y con los ojos cerrados regresas a los males de tu especie. El alba te sorprende en esa misma postura. Por la ventana del lado al mar el sol bajo te ilumina y proyecta en el suelo tu sombra y la de la lámpara iluminada arriba de tu cabeza y también las de otros objetos.

¡Qué visiones en la penumbra de luz! ¿Quién dice eso? El que pregunta quién dice, ¡Qué visiones en la penumbra sin sombra de luz y de sombra! ¿Todavía otro de nuevo? Imaginando todo para acompañarse. Qué ayuda para la compañía sería esto. Todavía otro imaginando todo de nuevo para acompañarse. De inmediato silencio de inmediato.

Para terminar a cualquier precio bien o mal cuando tú ya no podías salir te quedabas en cuclillas en la obscuridad. Habiendo recorrido desde tus primeros pasos alrededor de treinta mil leguas o sea unas tres veces la vuelta al mundo. Sin alejarte nunca de la claridad de tu casa. ¡Tu casa! Así estaba esperando poder purgarse el viejo laudista que arrancó a Dante su primera sonrisa y tal vez ya por fin en algún rincón perdido del paraíso. A quien aquí en todos los casos adiós. El lugar no tiene ventana. Cuando vuelves a abrir los ojos la obscuridad se aclara. Tú por lo tanto ahora de espaldas en la obscuridad estabas antes en cuclillas. Tu cuerpo habiéndote enterado que ya no podía salir. Ya no andar los rincones de los pequeños caminos de pueblo y pastos alternos ya alegrados con rebaños ya desiertos. Teniendo a tu lado durante largos años la sombra de tu padre en tus viejos andrajos de vagabundo luego durante largos años solo. Añadiendo paso a paso tus pasos a la suma siempre en aumento de los ya recorridos. Deteniéndote de vez en cuando con la cabeza baja para determinar el último total. Luego otra vez adelante de cero. Acuclillado así te imaginas que ya no estás solo sabiendo muy bien que no ha pasado nada que pueda volver posible eso. El proceso continúa sin embargo rodeado por decirlo así de su absurdo. Tú no te murmuras palabra por palabra, yo sé condenado al fracaso lo que hago y no obstante persisto. No. Porque la primera persona del singular e incidentalmente con mayor razón del plural nunca ha figurado en tu vocabulario. Pero es así que mudo tú te observas del mismo modo en que a un desconocido contagiado digamos de la enfermedad de Hodgkin o si se prefiere de Percival Pott sorprendido mientras reza. De tarde en tarde con una gracia inesperada te tiendes. Simultáneamente las distintas partes se trastornan. Los brazos sueltan a las rodillas. La cabeza se incorpora. Las piernas se despliegan. El tronco se inclina para atrás. Y junto con otros incontables prosiguen sus respectivos caminos hasta ya no poder más y todos se detienen. Ahora de espaldas retomas tu fábula en el punto en que el acto de estiramiento acaba de terminar. Y persistes hasta que la operación inversa se vuelve a parar en seco. Así en la penumbra ya en cuclillas ya de espaldas sufres en vano. Y así como de la primera postura a la segunda el paso se hace más fácilmente con el tiempo y de más buena gana asimismo es lo contrario para lo contrario. Tanto que de postura ocasional el estiramiento se vuelve habitual y para terminar la regla. Ahora tú de espaldas en la obscuridad no te volverás a sentar para rodear las piernas con tus brazos y bajar la cabeza hasta ya no poder más. Pero con el rostro volteado sufrirás en vano por tu fábula. Hasta que al fin escuches y concluyas que las palabras llegan a su fin. Con cada palabra inútil más cerca de la última. Y con ellas la fábula. La fábula de otro contigo en la obscuridad. La fábula de ti fabulando a otro contigo en la obscuridad. Y de lo que se deduce más vale finalmente tiempo perdido y tú tal como siempre.

Solo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dos entrevistas con Samuel Beckett

BECKETT, EL INCONSOLABLE
Entrevista a Samuel Beckett
por CHARLES JULIET









Llamo al interfón. Me invita a subir. Cuando salgo del ascensor casi me tropiezo con él. Me estaba esperando en el descanso. Entramos en su despacho. Me instalo en un canapé frente a su mesa de trabajo y él se sienta en un taburete, en línea oblicua respecto a mí. Ya ha adoptado la postura habitual en él cuando está sentado sin hacer nada: una pierna enroscada sobre la otra, la barbilla apoyada en la mano, la espalda inclinada, la mirada baja.

El silencio se ha apoderado de nosotros y sé que no va a ser fácil romperlo. Curiosa idea, pensé, interrogar a alguien que no es sino pregunta. Desvía la mirada, pero cuando noto que sus ojos intentan fijarse en los míos soy yo quien los desvía. He aquí que estoy ante un hombre cuya obra tanto me ha aportado y con quien, en mi soledad, he mantenido interminables diálogos. Por todas estas razones lo considero un amigo y tengo que admitir, no sin asombro, que para él sólo soy un desconocido. Durante esta entrevista me va a costar mucho trabajo coordinar esos datos tan agresivamente contrarios.

El silencio es tan denso que se podría cortar con un cuchillo. De pronto recuerdo, no sin aprensión, que Beckett puede estar con alguien —me lo ha comentado Maurice Nadeau— y marcharse una o dos horas después sin haber pronunciado una sola palabra.

Lo observo de reojo. Es serio, sombrío. Tiene las cejas fruncidas. Su mirada es de una intensidad difícil de sostener. Estoy empezando a ponerme nervioso y hago lo posible no ya por hablar, sino por emitir algún sonido. Con voz apenas audible empiezo a explicarle que a los veintidós años intenté leer Molloy y que no entendí nada del libro y ni tan siquiera sospeché su importancia. Que, curiosamente, y sin intención alguna de leerlas, fui adquiriendo las obras que publicó posteriormente. Que en la primavera de 1965, y totalmente por casualidad, recorrí una docena de líneas de Textos para nada . Que no pude soltar el libro y lo devoré con pasión. Que me lancé de inmediato sobre su obra y me quedé profundamente impresionado. Que había leído y releído todas sus obras. Que lo que más me había impresionado fue ese extraño silencio que reina en Textos para nada , un silencio al que sólo se puede acceder en el límite de la más extrema soledad, cuando el ser ha abandonado todo, olvidado todo, y ya no es sino esta escucha que capta la voz que susurra cuando todo calla. Un extraño silencio, sí, que prolonga la desnudez de la palabra. Una palabra sin retórica, sin literatura, jamás perturbada por ese mínimo de invención que necesita para desarrollar lo que tiene que expresar.

—Sí —admite con voz sorda—, cuando uno se escucha, lo que se oye no es literatura.

Sé que durante estos últimos meses ha estado gravemente enfermo. Ésa ha sido precisamente la razón por la que este primer encuentro, que se había fijado para el 3 de mayo, no pudo llevarse a cabo. El día anterior había estado en la inauguración de la exposición de Hayden y por la noche se puso enfermo. La señora Beckett, que me recibió, pronunció la palabra gripe y decidimos no anular el encuentro previsto sino simplemente retrasarlo unos días. Sin embargo estuve esperando en vano una llamada telefónica.

Cuatro meses después supe que había tenido un absceso en el pulmón, y en seguida pensé en si no habría sido una tardía consecuencia de aquel día de preguerra cuando, una noche, en la calle y sin motivo alguno, le apuñaló un mendigo.

Le pregunto por su salud y me habla de ella. Después la conversación gira en torno a la vejez.

—Siempre he deseado tener una vejez tensa, activa... El ser que no deja de arder mientras el cuerpo huye... He pensado muchas veces en Yeats... Escribió sus mejores poemas después de los sesenta...

Como respuesta a mis preguntas me habla de los años extremadamente sombríos que pasó después de que dimitiera de la Universidad de Dublín. Primero vivió en Londres, después en París. Había renunciado a proseguir una carrera universitaria iniciada con brillantez, pero no pensaba en convenirse en escritor. Vivía en una habitación pequeña de un hotel de Montparnasse y se sentía perdido, aplastado, vivía como un guiñapo. Se levantaba a mediodía y sólo tenía fuerzas para arrastrarse hasta el café más próximo y desayunar. No podía hacer nada. Ni siquiera conseguía leer.

—Había aceptado ser un Oblómov... —después añade en voz muy baja, con cansancio—: Estaba mi mujer... Era difícil...

Le hago más preguntas. Pero no recuerda bien. O a lo mejor no quiere recordar aquella época. Me habla del túnel, del crepúsculo mental. Después:

—Siempre he tenido la impresión de que dentro de mí había un ser asesinado. Asesinado antes de mi nacimiento. Tenía que encontrar a ese ser asesinado. Intentar devolverle la vida... Un día fui a escuchar una conferencia de Jung... Habló de una de sus pacientes, una chica jovencísima... Al final, mientras la gente se iba marchando, se quedó callado. Y como hablándose a sí mismo, asombrado por el descubrimiento que estaba haciendo, dijo:

—En el fondo no había nacido nunca.

Siempre he tenido la impresión de que yo tampoco había nacido nunca.

Además, el final de esta conferencia le proporcionó un episodio de Los que caen:

"Madame Rooney: Recuerdo que asistí a una conferencia que dio uno de esos nuevos especialistas de lo mental, no recuerdo cómo se llaman. Decía...

Monsieur Rooney: ¿Un alienista?

Mme: No, no, simplemente la depresión mental. Esperaba que arrojaría un poco de luz sobre mi vieja obsesión con las nalgas de los caballos.

M: ¿Un veterinario?

Mme: No, no, simplemente el infortunio mental, me acordaré de cómo se dice esta noche. Nos contó la historia de una niña muy rara y muy desgraciada, y cómo, después de haber intentado curarla sin éxito durante años, había tenido que acabar renunciando. No le había encontrado nada anormal, no tenía nada. Lo único que ocurría, según él, es que se estaba muriendo. Así pues, se lavó las manos, y efectivamente murió al poco tiempo.

M: ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Mme: No, es sólo una cosa que dijo y su manera de decirlo lo que me ha estado obsesionando posteriormente.

M: Piensas en ello por la noche, en tu cama, retorciéndote cómo un gusano, sin poder cerrar los ojos.

Mme: Pienso en eso y en otros... horrores. (Pausa.) Cuando acabó de hablar de la niña se quedó inclinado un buen rato, por lo menos fueron dos minutos, y bruscamente levantó la cabeza y exclamó, como si acabase de tener una revelación: “¡En realidad, nunca había nacido, eso es lo que ocurría!”. (Pausa.) Habló sin notas de principio a fin. (Pausa.) Yo me marché antes de que acabara."

En 1945, Beckett volvió a Irlanda para visitar a su madre, a la que llevaba sin ver desde que empezó la guerra. Después volvió a visitarla en 1946, y durante esa estancia tuvo la repentina revelación de lo que debía hacer.

—Comprendí que aquello no podía seguir así. Entonces me contó lo que ocurrió aquella noche, en Dublín, al final del muelle, en medio de una fuerte tempestad. Y lo que me dijo es lo mismo que refiere el pasaje de La última cinta [de Krapp]:

"Espiritualmente fue un año negro y pobre a más no poder hasta aquella memorable noche de marzo cuando, al final del muelle, en plena tormenta, no lo olvidaré nunca, todo se me aclaró. Por fin tuve la visión. Lo que vi de pronto era que la creencia que había guiado toda mi vida, a saber... grandes rocas de granito y la espuma que surgía a la luz del faro y el anemómetro que giraba como una hélice..., claro para mí por fin, que la oscuridad que siempre me había ensañado en reprimir es en realidad mi mejor... indestructible asociación hasta el último suspiro de la tempestad y de la noche con la luz del entendimiento y el fuego."

—Había que tirar todos los venenos... (con esta expresión se refiere sin duda a la decencia intelectual, al saber, a las certidumbres que uno mismo se impone, al deseo de dominar la vida...), encontrar el lenguaje apropiado... Cuando escribí la primera frase de Molloy no sabía a dónde me dirigía. Y cuando terminé la primera parte, ignoraba cómo iba a continuar. Todo ha ido viniendo solo. Sin tachar nada. No había preparado nada. No había elaborado nada.

Se levanta, saca de un cajón un cuaderno bastante grueso con la cubierta algo desgastada y me lo da. Es el manuscrito de Esperando a Godot . Es un cuaderno con las hojas cuadriculadas, con papel de la época de la guerra, gris, áspero, de mala calidad. Las únicas páginas escritas son las de la derecha, cubiertas de una escritura difícilmente legible. Lo hojeo con emoción. En la última parte ha escrito también en la izquierda, pero para leer hay que dar la vuelta al cuaderno. Efectivamente, el texto no tiene ningún retoque. Mientras yo intento descifrar algunas réplicas, él musita:

—Todo ocurría entre la mano y la página.

No, no ha leído a los filósofos y pensadores orientales.

—Proponen una salida y yo sentía que no la había. La solución es la muerte.

Le pregunto si escribe, si todavía puede escribir:

—El trabajo anterior prohíbe cualquier continuación de ese trabajo. Por supuesto, puedo escribir textos como los de Têtes-mortes. Pero no quiero. Acabo de tirar a la papelera una obrita de teatro. Cada vez hay que dar un paso adelante.

Largo silencio.

—La escritura me ha llevado al silencio.

Largo silencio.

—Sin embargo tengo que continuar... Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros...

Pero el médico le ha fijado normas estrictas. Es hora de que tome algunas medicinas y se disculpa por tener que interrumpir un momento nuestra entrevista.

En la carta que le escribí para pedirle la entrevista, mencioné que yo conocía a Bram van Velde.

Los une una vieja amistad, pero Bram van Velde vive en Ginebra, nunca escribe y, por tanto, no tienen ningún contacto.

Me pide noticias suyas.

Frente a su mesa de despacho hay un lienzo de Bram van Velde. Como está detrás de mí, me levanto para poder verlo.

Es una composición enigmática, pintada antes de la guerra, en un período de transición.

Yo sé que a Beckett le gusta mucho este cuadro, pero creo poder suponer que al adquirirlo también quería ayudar a un pintor que lo es taba pasando muy mal.

Mientras sigo de pie, echo un vistazo por la ventana y, a la difusa luz gris de este día de finales de otoño, entreveo los tejados y los muros de la prisión de la Santé.

Me habla de Bram van Velde en un tono que me permite adivinar el gran cariño que le tiene.

—Era horroroso —prosigue—, vivía en una miseria espantosa. Vivía solo en su estudio, entre sus lienzos, que no enseñaba a nadie. Acababa de perder a su mujer y estaba tristísimo... Permitió que me acercara un poco. Tuve que encontrar un lenguaje, intentar llegar hasta él.

Luego se interesa por mi persona. Por mi trayectoria.

De nuevo le pregunto sobre su trabajo y su obra.

No, no puede hacerse una idea de la carga energética que contiene. Ni imaginar lo que sus libros pueden representar para quienes los leen.

—Soy como un topo en una topera.

Desde que escribe no lee prácticamente nada, pues considera que ambas actividades son incompatibles.

Piensa que su ensayo sobre Proust es pedante y se opone a que se traduzca al francés.

Si ha escogido esta lengua es porque para él era nueva. Conservaba el perfume de lo extraño. Le permitía escapar a los automatismos inherentes a la utilización de una lengua materna.

Cuando empezó Molloy escribía por la tarde. Pero luego, de noche, no podía conciliar el sueño. Entonces se impuso escribir por la mañana.

Considera que su obra tiene cosas flojas. Declara que no le gustan determinados personajes, que le parece “que no funcionan”.

—Hay algunas cosas flojas necesarias, pero otras no me las perdono.

Le pregunto cómo pasa los días y si todo lo que ha hecho le supone un auxilio real en estos instantes en los que el ser vacila, siente que pierde el equilibrio.

—En esos momentos, la enfermedad me ha ayudado mucho.

Mientras se levanta para coger uno de sus libros y lo coloca sobre la mesa para dedicármelo, dejo que mi mirada se posé largamente sobre él.

Su belleza. Su seriedad. Su concentración. Su sorprendente timidez; La densidad de sus silencios. La intensidad con la que hace existir lo invisible.

Pienso que, si resulta tan impresionante, evidentemente es debido a que se nota que lo es, pero también, y sobre todo, a su absoluta sencillez. Una sencillez de comportamiento, de pensamiento, de expresión. Seguramente, alguien muy diferente. Un hombre superior. Quiero decir: un hombre humilde, sujeto a la intimidad de una permanente pregunta sobre lo fundamental. De pronto, esta evidencia: Beckett, el inconsolable...

En la escalera seguimos hablando un buen rato. Me explica que todavía está muy cansado y se disculpa por no poder invitarme a cenar. Pero nos hemos citado para la primavera siguiente y me asegura que entonces cenaremos juntos.

Me pregunta con interés en qué voy a emplear mi estancia. Le respondo que no tengo ningún proyecto y que si he venido a París es exclusivamente para verlo.

—Pero no, no. No tenía usted que haber venido desde Lyon sólo para verme.



(24 de octubre de 1968)



***


Volvemos a vernos en la Closerie des Lilas. De nuevo su seriedad, su concentración, su ensimismamiento. Su belleza. Profundas arrugas en la base de la nariz. Tiene el pelo abundante, corto, mal peinado. Un rostro modelado, hundido, espiritualizado, por el sufrimiento y la tensión interior. Y, sin embargo, desprende juventud y vitalidad. Cada vez que lo veo, lo que más me sorprende es esa tan singular mezcla de silencio, de calma, de suavidad, de pasividad, de asentimiento, de vulnerabilidad y de lo que generalmente pasa por lo contrario: una energía, una fuerza que se siente que son excepcionales, visibles en esa mirada de águila que verdaderamente impresiona.

Ya se ha hecho el silencio y no sé cómo empezar el diálogo.

Acaban de darme un ejemplar de la monografía que la galería Maeght dedica a Bram van Velde. Le pregunto si desearía hojearla. La coge. La recorre mirando con mucha atención las reproducciones; leyendo tres o cuatro veces algunas páginas del texto.

Hablamos durante mucho tiempo de Bram y me hace varias preguntas.

Después yo le pregunto por su trabajo.

—Siempre tengo algo entre manos. Puede ser largo, pero se va reduciendo cada vez más.

Cada vez le gusta menos lo que escribe.

Le pregunto si ha tenido dificultades para acceder al no querer, al no poder.

—Sí, hasta 1946 intenté saber para estar en condiciones de poder. Pero luego me di cuenta de que me equivocaba de camino. Posiblemente, no haya sino caminos equivocados. Sin embargo hay que encontrar el camino equivocado que te conviene.

—¿Ha leído usted a los místicos?

—Sí, cuando era joven. Pero no he profundizado en ellos.

Y con tono abrumado:

—La verdad es que nunca he profundizado en nada.

Le oculto mi asombro. Un largo silencio.

Prosigo:

—En las obras de los místicos se pueden encontrar decenas y decenas de frases comparables a algunas de las que ha escrito usted mismo. ¿No cree que si se deja de lado la cuestión de las creencias religiosas se pueden encontrar numerosos puntos en común entre ellos y usted?

—Sí... Posiblemente ha habido a veces una misma manera de experimentar lo ininteligible.

Sigo hablándole de Bernardo de Claraval. Le digo que he encontrado en su obra pasajes que tienen el ritmo, el aliento, lo cortante de las mejores páginas de El innombrable .

Se ríe abiertamente y me para asegurándome que tiene muchas cosas contra él.

Sé a lo que se refiere y nos reímos juntos.

Volvemos a su obra. Reconoce que ha ido alejándose cada vez más de sus textos.

—Al final, ya no se sabe quién habla. Hay una desaparición absoluta del sujeto. A eso es a lo que conduce la crisis de identidad.

Considera que el artista está obligado a desaparecer como individuo ante lo que hace.

Vuelvo a sus Textos para nada . Cito algunos fragmentos... “Esa nada que abunda...”. Sonríe.

Me habla de Joyce, de Proust, de que ambos pretendían crear una totalidad y transmitirla en su infinita riqueza. No hay más que examinar, observa, sus manuscritos o las pruebas que han corregido. Nunca acababan de añadir y de volver a añadir. Él actúa de otra manera, hacia la nada, comprimiendo sus textos cada vez más.

Le hablo de la “pobreza” de su universo, tanto en lo que respecta a la lengua como en lo que respecta a los medios utilizados: pocos personajes, pocas peripecias, pocos problemas abordados, y sin embargo todo lo que importa está dicho, y con qué vigor, con cuánta singularidad.

Admite sonriendo que, en alguna parte, ambas maneras deberán encontrarse.

—A menudo —continúo diciendo— me he preguntado cómo ha sido posible que no haya usted muerto de vergüenza.

Me va a responder, pero cambia de parecer. Como antes, se queda totalmente ensimismado, y entonces parece que ya no hay nada vivo en él. La mirada increíblemente intensa, fija y ciega, el rostro y el cuerpo petrificados...

Al cabo de un largo silencio de varios minutos, reaparece.

Otro largo silencio. Pero creo que debo proseguir. Le digo que estoy asombradísimo de que haya podido subsistir en él la fe en la escritura y en la comunicación.

También a él le asombra. Habla de misterio.

Me refiero a la universalidad de su obra. Al hecho de que miles de personas del mundo entero hayan podido descubrir, leyéndole, lo que hay en lo más recóndito de su ser y de lo que no tenían conciencia.

Baja la cabeza.

—Ése también es otro misterio.

Continúa hablando pero no oigo algunas de sus palabras pronunciadas en voz demasiado baja...

Luego X... nos interrumpe..., es un escritor-editor que quiere que Beckett firme algo.

Cuando X... se retira, después de haber importunado a Beckett con su molesta insistencia, me doy cuenta de que nuestra entrevista ha terminado.

Se produce un silencio de cuatro o cinco minutos y espero a que dé la señal de partida.

Pero es él quien me hace preguntas sobre mi persona y mi trabajo.

En diciembre se marchará a Marruecos para no estar en París durante las fiestas.

Le hablo de Irlanda. En 1968 tuvo que ir a Irlanda durante cinco días a un funeral, pero ya no va a volver. ¿Qué piensa de esa guerra? No le interesa. Pero después de unos instantes se refiere a ella con cierta vehemencia. Me cita esta frase de Mitterrand:

“El fanatismo es la estupidez”.

—Allí, no hay dos fanatismos, sino tres, cuatro, cinco, que a su vez están desgarrados por otros fánatismos.

Me explica por qué se obstinan en mantener con vida a Franco hasta el 25 [sic] de noviembre. Ese día será un franquista el que pueda nombrar al jefe de gobierno, mientras que si muere antes sería alguien del otro lado.

—Ni a Goya se le ocurrió algo parecido.

Sigue yendo a su casa de campo, donde se queda solo durante dos o tres semanas seguidas. Escribe por la mañana y por la tarde hace algunas chapuzas, o bien pasea por su prado o, si no, va en coche a visitar lugares más aislados por donde pasear.

—¿No se siente usted solo?

Hace un gesto de asombro.

—No, no, en absoluto. Al contrario. Pero cuando era más joven no hubiera podido hacerlo.

Me habla con fervor del silencio. Del placer de poder seguir el curso del sol desde que se levanta hasta que se pone.

Como un eco de lo que le ha dicho X... hace unos momentos, me habla del afán por el éxito literario. Recuerda a Van Gogh...

—Cuando uno piensa en que no vendió ni un solo cuadro...


(14 de noviembre de 1975)

sábado, 10 de septiembre de 2011

Film - Samuel Beckett & Buster Keaton (1964)


FILM
(1964)



DIRECCIÓN:
ALAIN SCHNEIDER

GUIÓN:
SAMUEL BECKETT



Film es el único contacto de Samuel Beckett con el mundo del cine.


Es un cortometraje mudo, escrito por Samuel Beckett en 1963, dirigida por Alan Shneider en el verano de 1964, y con la actuación del gran cómico del cine mudo Buster Keaton, aunque se barajaron también otros nombres como Charlie Chaplin o Zero Mostel.


Con motivo de esta filmación Beckett viajó por primera y única vez a Nueva York, y ganó varios premios, incluidos el Premio de la Crítica en el Festival de Venecia en 1965, el Premio Especial del Jurado en el Festival de Tours (Francia) en 1966 y el Premio Especial del Festival de Oberhausen (Alemania), también, en 1966.

Alain Schneider ya era un conocido de Beckett, pues acostumbraba dirigir la mayoría de las obras de teatro del irlandes, en los teatros estadounidendes. Según Schneider, Beckett mostró un inusual interés por ser parte del rodaje de Film, cuando nunca antes se había interesado en participar en sus obras de teatro, ni siquiera en los estrenos. 

El director especula que Beckett viajó hasta la Gran Manzana para poder ver la actuación de Buster Keaton, al fin y al cabo hacía ya algunos años Beckett se inspiró en una película de Keaton, llamada The Loveable Cheat, para hacer la obra de teatro Esperando a Godot.


Joseph Francis "Buster" Keaton fue uno de los grandes directores, guionistas y actores de la “era del cine mudo” estadounidense. 

Su actuación  se caracterizaba por la inexpresividad del rostro –lo que le ganó el apelativo de “cara de piedra” –, logrando un fascinante desarrollo de la expresión corporal. 

En 1964, Buster Keaton, era un actor anciando y en decadencia, víctima de la ruina y de los estragos del alcohol, y aceptó sin demasiado entusiasmo participar el proyecto. 


En una entrevista con el periodista británico Kevin Brownlow, Beckett describió su relación con Buster Keaton, quien seis años antes de rodar Film había rechazado interpretar Esperando a Godot en un teatro del Greenwich Village por encontrarla una obra ininteligible. Beckett describió a Keaton como una persona hermética y esquiva. "Tenía cara de póquer y también mente de póquer. Dudo que jamás leyera el guión de la película y nunca sabré si le gustó o no. Pero quería hacerla, y fue muy competente. Siempre iba acompañado de una chica joven, su mujer, que al parecer le había apartado del alcoholismo. Era muy difícil mantener una conversación con él. Siempre estaba ausente". En la misma entrevista Beckett asegura que jamás le preguntó a Keaton si sabía o le interesaba de qué trataba Film. "A él no le interesaba. Se pasaba el tiempo jugando a las cartas en su camerino. Sólo le sentí vivo una tarde, en la que se puso a hablar de cómo era el viejo sistema de películas. Fue muy divertido, contó que rodaban sabiendo sólo el principio y el final y que el resto lo improvisaban sobre la marcha". Beckett continúa: "Buster hablaba con monosílabos. Probablemente pensaba que estábamos locos. Lo cierto es que nosotros éramos unos aficionados y él era el único profesional".


Film tiene como paradigma la filosofía de George Berkeley conocida como idealismo subjetivo, resumida en la afirmación “ser es ser percibido", y en la cual Beckett se basa para crear el relato de un protagonista que huye de todas las miradas posibles, incluyendo la suya propia, en un intento de anular su capacidar de "ser".

Son dos los personajes que alimentan la obra: O (Object) –interpretado por Buster Keaton– y E (Eye) –la mirada/cámara que permanentemente sigue a nuestro Objeto–.

Minimalismo y silencio en 20 minutos.




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viernes, 17 de septiembre de 2010

Samuel Beckett: selección de poemas

Somos monstruos del siglo veintiuno y aprenderemos a estar agradecidos por ello; internet nos facilita las cosas y nos acoge en la paradoja de una comunicación inexistente, una comunicación impermeabilizada entre ausentes...

en fín, verborrea gratuita de tres de la mañana, el camión de la basura recorriendo la soledad de mi calle, y...

en defnitiva: no me hagan caso....
 
les dejo una selección de poemas del inenarrable Samuel Beckett.


si les gusta pueden descargarse los textos (junto con un par de entrevistas), en un archivo pdf, que encontrarán aquí:
http://www.megaupload.com/?d=RPSQ8HX2

allá vamos...



ALBA

antes de que amanezca aquí estarás
y Dante y el Logos y todos los estratos y misterios
y la luna marcada
allende el blanco plano de la música
que establezcas aquí antes del alba¹

solemne suave seda cantarina
inclínate hacia el negro firmamento de areca
lluvia sobre bambúes flor de humo callejuela de sauces

quienes aunque te inclines con dedos compasivos
para abonar el polvo
en nada aumentarán tu generosidad
cuya belleza ante mí será como un sudario
informe de sí misma que se extiende sobre la tempestad de los emblemas
de modo que no hay sol ni hay revelaciones
ni víctima? tampoco
yo solamente y el sudario luego
y un bulto muerto ya



CASCANDO

1

por qué no simplemente no esperar
a ser ocasión de
un vertedero de palabras

¿no es mejor abortar que ser estéril?

después de tu partida las horas son tan tristes
siempre empiezan a rastras demasiado pronto
los garfios desgarrando con ceguedad el lecho de miseria
rescatando los huesos los amores antiguos
cuencas una vez llenas con ojos como tuyos
¿es mejor siempre demasiado pronto que jamás?
negra necesidad salpicando los rostros
diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
ni nueve meses
ni nueve vidas


2

diciendo una vez más
si no me enseñas tú no aprenderé
diciendo una vez más existe un último
atardecer de últimas veces
últimas veces de mendigar
últimas veces de amar
de saber no saber simular
un último atardecer de últimas veces de decir
sino me amas nunca seré amado
si no te amo ya no amaré nunca

un batir de palabras gastadas una vez más en el corazón
amor amor amor golpe de un émbolo antiquísimo
moliendo el suero inalterable
de las palabras

una vez más aterrado
de no amar
de amar pero no a ti
de ser amado y no por ti
de saber no saber simular
simular

yo y todos los otros que te amen
si te aman


3

a menos que te amen


DA TAGTE ES

redime lo que reemplaza a los adioses
la sábana de agua que navega en tu mano
a quienes nada tienen ya para la tierra
y el espejo sin niebla encima de tus ojos.


GNOMO

Pasa tus años de aprendiz derrochando
Valor por tantos años de ir vagando
A través de un mundo que con cortesía
De la torpeza de aprender se libra


LOS HUESOS DE ECO

asilo bajo mis huellas todo este día
sus sordas francachelas mientras la carne cae
hendiendo sin temor ni viento favorable
guantílopes del sentido y el absurdo transcurren
tomados por los gusanos por lo que en verdad son


MALACODA

tres veces vino
el hombre de las pompas fúnebres
impasible bajo el bombín de piel
para medir
¿no está acaso pagado para medir?
a este incorruptible en el vestíbulo
a este malebranca¹ que los lirios cubren hasta las rodillas
Malacoda con lirios hasta las rodillas
Malacoda² no obstante el experto terror
que felpa su perineo extingue su señal
suspirando hacia arriba por el aire pesado
¿debe ser así? debe ser debe ser
encuentra los crespones cógelos del jardín
escuchar puede ver pero no es necesario

sepultar en el féretro
con unos ayudantes ungulata³
encuentra los yerbajos reclama su atención
escuchar debe ver pero no es necesario

cubrir
estar seguro de cubrir cubrirlo todo por encima
tu escudo déjame coge tu azufre
vidrio canicular divino hermoseado
espera Scarmilion espera espera
coloca este Huysum? en la caja
y observa bien la imago eso es él
escuchar debe ver ella debe
todos a bordo todos l0s espíritus
a media asta sí sí

no


POR AHÍ

por ahí
un grito lejano
para alguien
tan pequeño
bellos narcisos
luego marzo

luego ahí
luego ahí

entonces desde ahí
narcisos
otra vez
luego marzo
otra vez
para alguien
tan pequeño

 

SERENA III

fija estos garabatos de hermosura en la paleta
nunca se sabe si esto puede ser el final

o déjala ella es paraíso y más tarde en el globo
de tus ojos hímenes de felpa

o sobre Puente Butt Sonroja de vergüenza
el mixto declinar de esas ubres
alza tu luna tuya y solamente tuya
arriba arriba arriba hacia la estrella del atardecer
desvanecido encima de un clavel todo nuevo
en el arco-gasómetro que hay en Misery Hill¹
desvanecido en la púrpura y pequeña
casa de la oración
corazón de María alguna cosa
Bull y Pool² Suplicante que no se encontrarán
en este mundo al menos

mientras que partes lejos en medio de los fustes que caracolean
corre desesperadamente sobre el Puente Victoria ésa es la idea
aminora la marcha anda furtivamente Ringsend Road abajo
Irishtown Sandymount³ titubea halla el Fuego del Infierno
Apartamentos Merrion señalados por un trillón de sigmas
El Dedo de Jesucristo Hijo de Dios el Salvador
muchachas sorprendidas mientras se desnudaban ésa es la idea
sobre el rompevientos y olas en el Bootersgrad
el pánico que provoca la marea en las pardas gaviotas
las arenas se mueven en tu corazón cálido
ocúltate tú mismo pero en la Roca? no no te detengas
no te detengas


WHOROSCOPE
(HORÓSCOÑO)


¿Qué es esto?
¿Un huevo?
Por los hermanos Boot, apesta a fresco.
Dáselo a Gillot.

Cómo estás, Galileo,
¡y sus terceras sucesivas!
¡Asqueroso viejo nivelador copernicano hijo de vivandera!
Nos movemos, dijo, al fin nos marchamos-¡Porca Madonna!
como un contramaestre o un Pretendiente saco-de-patatas? cargando
contra el enemigo.
Esto no es moverse, sino conmoverse.?

Qué es esto ?
¿Una tortilla acerba o una que ha florecido?
¡Dos ovarios revueltos con prosticiutto?
¿Cuánto tiempo lo invaginó, la emplumada?
Tres días y cuatro noches?
Dáselo a Gillot.

Faulhaber, Beeckman y Pedro el Rojo
venid ahora en un alud de nubarrones o en la cristalina nube de
Gassendi?, roja como el sol,
y os limaré todas vuestras gallinas-y-medio
o limaré una lente bajo el edredón en la mitad del día.

Pensar que era él, mi propio hermano, Pedro el Bravucón
y que no usaba de silogismo alguno
como si Papi aún estuviera con vida.
¡Ea!, pásame esa calderilla,
¡dulce sudor molido de mi hígado ardiente!
¡Qué días aquéllos, sentado al lado de la estufa?, arrojando jesuitas
por el tragaluz!

¿Y ése, quién es? ¿Hals?
Que espere.

¡Mi adorable bizquita!
Yo me escondía y me buscabas
Y Francine, precioso fruto mío de un feto casa-y-gabinete!
¡Vaya una exfoliación!
¡Su pequeña epidermis grisácea y desollada, y rojas las amígdalas!
Hija única mía
Azotada por la fiebre hasta en el turbio restañar de su sangre...
¡sangre!
¡Oh, Harvey de mi corazón!
¿qué harán los rojos y los blancos, los muchos en los pocos
(querido Harvey sangre-girador)
para arremolinarse por este batidor resquebrajado?
Y el cuarto Enrique llegó a la cripta de la flecha.

¿Qué es esto?
¿Desde cuando?
Incúbalo.

Un viento de maldad empujaba la desesperación de mi sosiego
contra las escarpadas cimas de la señora
única:
no una vez ni dos, sino...
(¡Burdel de Cristo, empóllalo!)
en una sola anegación de sol.
(Jesuitastros, copien, por favor.)

Por lo tanto adelante con las medias de seda sobre el traje de punto
y la piel mórbida...
qué estoy diciendo, la suave tela...
y vámonos a Ancona, sobre el brillante Adriático,
y adiós unos instantes a la amarilla llave de los Rosacruces.
Ellos no saben qué es lo que hizo el dueño de todos los que hacen,
que a la nariz le toca el beso del aire todo fétido y fragante
y a los tímpanos, y al trono del orificio fecal
y a los ojos su zigzag.
De esta manera Le bebemos y Le comemos
y el Beaune aguado y los duros cubitos de pan Bimbo
porque Él puede danzar
igual cerca que lejos de Su Esencia Danzante
y tan triste o tan vivo como requiere el cáliz, la bandeja.
¿Qué te parece, Antonio?

¡En el nombre de Bacon, me empollaréis el huevo!
¿O deberé tragárme fantasmas de caverna?

¡Anna María!
Ella lee a Moisés y dice que su amor está crucificado.
¡Leider! ¡Leider! Florecía pero se marchitó,
pálido y abusivo periquito en el escaparate de una calle mayor.
No, si creo desde el Principio a la última palabra, te lo juro.
¡Fallor, ergo sum!?
viejo frôleur¹? esquivo
Toll-ó y legg-ó
y se abrochó el chaleco de redentorista.
No importa, pasémoslo por alto.
Soy un niño atrevido, ya lo sé,
luego no soy mi hijo
(aunque fuese portero)
ni el de Joaquín mi padre,
sino astilla de un palo perfecto que no es viejo ni nuevo
pétalo solitario de una gran rosa, alta y resplandeciente.

¿Estás maduro al fin
pálido y esbelto tordo mío, de seno desdoblado?
¡Qué ricamente huele
este aborto de volantón!
Lo comeré con tenedor para pescado.
Clara y plumas y yema.
Me alzaré luego y empezaré a moverme
hacia Raab de las nieves,
la matinal amazona asesina confesada por el papa,
Cristina la destripadora.

Oh Weulles, no derrames la sangre de un franco
que ha subido los peldaños amargos
(René du Perron...)
y otórgame mi hora
segunda inescrutable sin estrellas.


VIENEN...

vienen
diferente e iguales
con cada una es diferente y es igual
con cada una la ausencia de amor es diferente
con cada una la ausencia de amor es igual

vienen
diferentes e idénticas
con cada una es diferente y es lo mismo
con cada una la ausencia de amor es diferente
con cada una la ausencia de amor es la misma


PARA ELLA EL ACTO SOSEGADO...

para ella el acto sosegado
los poros sabios el sexo inocentón
la espera no muy lenta los lamentos no demasiado largos la ausencia
al servicio de la presencia
los pocos jirones de azul en la cabeza las punzadas al fin muertas del corazón
toda la gracia tardía de una lluvia que cesa
con la caída de una noche
de agosto

para ella vacía
él puro
de amor


ESTAR AHÍ SIN DIENTES Y MANDÍBULAS...

estar ahí sin dientes ni mandíbulas
adónde se va el gozo de perder
con el apenas inferior
de ganar
y Roscelin y esperamos
adverbio oh regalito
vacío vacío salvo jirones de canción
padre me dio un marido
o al arreglar las flores
que moje cuanto quiera
hasta la elegía
de los zuecos herrados aún lejos de Les Halles
o el agua de la canalla apestando por las tuberías
o nada más que moje
porque es así
que pula lo superfluo
y venga
con la boca idiota y la mano hormigueante
a la cavidad hundida alojo que escucha
lejanos tijeretazos argentinos


ASCENSIÓN

a través del estrecho tabique
ese día en que un hijo
pródigo a su manera
volvió con su familia
oigo la voz
conmovida comenta
la copa del mundo de fútbol

siempre demasiado joven

al mismo tiempo por la ventana abierta
por los aires a secas
sordamente
la marejada de los fieles

su sangre salpicó en abundancia
sobre las sábanas sobre los olorosos guisantes y sobre su amigo
con dedos asquerosos cerró él las pupilas
sobre sus grandes ojos verdes sorprendidos

ella gira ligera
sobre mi tumba de aire


LA MOSCA

entre la escena y yo
el cristal
vacío salvo ella

vientre a tierra
ceñida por sus negras tripas
antenas enloquecidas alas atadas
patas ganchudas boca sorbiendo en el vacío
sableando el azul aplastándose contra lo invisible
impotente bajo mi pulgar hace que zozobren
el mar y el cielo sereno


MÚSICA DE LA INDIFERENCIA...

música de la indiferencia
corazón tiempo aire fuego arena
del silencio desmoronamiento de amores
cubre sus voces y que
no me oiga ya
callarme


BEBE SOLO...

bebe solo
come quema fornica revienta solo como antes
los ausentes ya muertos los presentes apestan
saca tus ojos vuélvelos sobre las cañas
discuten quizás ellos y los ays
no importa existe el viento
y el estado de vela


MUERTE DE A. D.


y ahí estar ahí aún ahí
apretado a mi vieja tabla picada en negro como de viruela
durante días y noches molidos ciegamente
de estar ahí de no huir y huir y estar ahí
inclinado a confesar un tiempo que agoniza
haber sido lo que fue hecho lo que hizo
de mí de mi amigo muerto en el día de ayer con el ojo brillante
con los dientes largos jadeando en su barba
devorando la vida de los santos una vida por día de vida
reviviendo de noche sus negros pecados
muerto ayer mientras que yo vivía
y estar allí bebiendo por encima de la tormenta
la culpa del tiempo irremisible
aferrado a la vieja madera testigo de partidas
testigo de regresos


SOY UN DISCURRIR DE ARENA QUE RESBALA...

soy un discurrir de arena que resbala
entre la duna y los guijarros
la lluvia del verano llueve sobre mi vida
sobre mí vida mía que me persigue y huye
y tendrá fin el día del comienzo

caro instante te veo
en el retroceder de este telón de bruma
donde ya no deberé pisar estos largos umbrales movedizos
y viviré lo mismo que una puerta
que se abre y se vuelve a cerrar


QUISIERA QUE MI AMOR MURIESE...

quisiera que mi amor muriese
y que lloviera sobre el cementerio
y las callejas por las que camino
llorando a aquella que creyó que amaba


LETANÍAS

1

al llegar la noche en que el alma
iba a serle reclamada
he aquí que al no aguantarse
la entregó una hora antes


2

escúchalas
sumarse
las palabras
a las palabras
sin palabra
los pasos
a los pasos
uno a
uno


3

imagina si esto
si un día esto
un día feliz
imagina
si un día
un día feliz esto
se acabara
imagina


4

las ganas cada día
de estar vivo un día más
claro que no sin el pesar
de haber nacido un día


5

noche que tanto haces
que imploremos el alba
por favor noche
cae

6

sábado un respiro
no reír más
desde la medianoche
hasta la medianoche
no llorar


6

silencio como el que existió
antes ya nunca más existirá
por el murmullo desgarrado
de una palabra sin pasado
por haber dicho demasiado no pudiendo más
jurando no volver a callar


7

viejo ir
viejas paradas
ir
ausente
ausente
detenerse


CANCIÓN (ADAPTACION DE CHAMFORT)

Vejez es cuando a un hombre
arrimado al fuego de la chimenea
temblando a causa de las brujas
para poner el cazo sobre el lecho
y traerle su ponche
viene ella en las cenizas
quien amada no pudo ser vencida
o vencida no amada
o alguna otra aflicción
viene con las cenizas
como en esa luz vieja
el rostro en las cenizas
aquella vieja luz de las estrellas
en la tierra otra vez.

corazón, qué oquedad,
y dentro cuánta suciedad

dormir hasta la muerte
nos cura siempre
ven a aliviar
esta vida este mal

¿La esperanza?, un bribón, el más grande embustero,
hasta que la perdí, no supe de la felicidad.
Copiaré del infierno en la puerta del cielo:
dejad toda esperanza los que entráis.

Pide al todo-lo-cura, al todo-lo-consuela pensamiento
solaz y salvación para el dolor que os donó con esfuerzo


AL LLEGAR LA NOCHE EN QUE EL ALMA

al llegar la noche en que el alma
iba a serle reclamada
he aquí que al no aguantarse
la entregó una hora antes


DE ESE MODO A PESAR

De ese modo a pesar
por el buen tiempo y por el malo
encerrado en su casa y en la de otros
como si fuera ayer acordarnos del mamut
el dinoterio los primeros besos
los periodos glaciares no traen nada nuevo
el gran calor del año trece de su era
humo sobre Lisboa Kant fríamente colgado
soñar en generaciones de robles y olvidar al padre
sus ojos si tenía bigote
si era bueno de qué murió
no por esto nos come sin menos apetito
el mal tiempo y el peor
encerrado en su casa y en la de otros


DIEPPE


La última marea
el guijarro muerto
media vuelta y los pasos
hacia las viejas luces


RUE DE VAUGIRARD


Amedia altura
me detengo y boquiabierto de candor
expongo la placa a la luz y a la sombra
después retomo mi camino fortalecido
por un negativo irrecusable


ANFITEATRO DE LUTECIA

Desde donde estamos sentados más arriba que las gradas
nos veo entrar del lado de la Rue des Arènes,
dudar, mirar rápido, después pesadamente
venir hacia nosotros a través de la arena sombría,
casa vez más feos, tan feos como los otros,
pero mudos. Un perrito verde
corre por la Rue Monge,
ella se detiene, lo sigue con la mirada,
el perro atraviesa la arena y desaparece
tras el pedestal del sabio Gabriel de Mortillet
Ella se da vuelta, yo ya me he ido, asciendo solo
los escalones rústicos, toco con la mano izquierda
la rampa rústica, es de cemento. Ella duda,
da un paso hacia la salida de la Rue Monge, después me sigue.
me estremezco, soy yo quien se reúne conmigo,
ahora miro con otros ojos
la arena, los charcos de agua bajo la llovizna,
una niña arrastra un aro,
una pareja, quien sabe si unos enamorados, tomados
de la mano,
las gradas vacías, las casas altas, el cielo
que nos alumbra demasiado tarde.
Me doy vuelta, estoy azorado
de encontrarme ahí su triste rostro.


HASTA EN LA CAVERNA CIELO Y SUELO

Hasta en la caverna cielo y suelo
y una a una las viejas voces
de ultratumba
y lentamente la misma luz
que sobre las llanuras de Enna en largas violaciones
maceraba desde entonces los capilares
y las mismas leyes
desde entonces
y lentamente a lo lejos se extinguen
Proserpina y Atropos
adorable de vacío dudoso
todavía la boca de sombra


BUENO BUENO ES UN PAÍS

Bueno bueno es un país
donde el olvido donde pesa el olvido
suavemente sobre mundos sin nombre
ahí callan la cabeza la cabeza es muda
y se sabe no no se sabe nada
muere el canto de las bocas muertas
hizo su viaje sobre la arena
no hay nada que llorar

mi soledad la conozco bueno la conozco mal
tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo
pero qué tiempo hueso ávido el tiempo del perro
del cielo que palidece sin cesar mi grano de cielo
del rayo que asciende ocelado temblando
de las micras de los años en tinieblas

quieren que vaya de A a B no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí es una cosa hermosa la que tienen ahí una cosa
muy hermosa
qué es no me hagan más preguntas
espiral polvo de instantes qué es lo mismo
la calma el amor el odio la calma la calma


VIVA MUERTA MI ÚNICA ESTACIÓN

Viva muerta mi única estación
lirios blancos crisantemos
fango de hojas de abril
hermosos días grises de escarcha


QUÉ HARÍA YO SIN ESTE MUNDO SIN ROSTRO SIN PREGUNTAS

Qué haría yo sin este mundo sin rostro sin preguntas
donde ser no dura sino un instante donde cada instante
gira en el vacío en el olvido de haber sido
sin esta onda en donde al final
cuerpo y sombra se confunden
qué haría yo sin este silencio abismo de rumores
jadeando furioso hacia la salvación hacia el amor
sin este cielo que se eleva
sobre el polvo de su lastre

qué haría yo haría como ayer como hoy
mirando por mi rendija si no estoy solo
para errar y alejarme de toda vida
en un espacio falso
sin voz entre las voces
encerradas conmigo


FUERA DEL CRÁNEO SÓLO ADENTRO

Fuera del cráneo sólo adentro
alguna parte alguna vez
como cualquier cosa

cráneo último refugio
tomado desde fuera
como Bocca en el espejo

el ojo a la mínima alarma
se abre enorme se resella
no hay nada más

así algunas veces
como cualquier cosa
de la vida no forzosamente
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